Crónicas madrileñas 2

“¿Cuándo regresas al país?”, me escribió Nati una noche por WhatsApp. Se refería a República Dominicana. Nos conocimos en mi primera carrera universitaria y trabajamos un tiempo en un programa radial, pero perdimos contacto y llevábamos años sin hablar. Me la devolvió el milagro de Facebook. Esa semana cumplía mi cuarto mes en Madrid. “No sé, pero mientras sucede te haré participe de algunas cosas”, le respondí. ¿Dónde empezar? Es difícil. Pero si he de hacer un relato aceptable debo regresar al 8 de octubre, cuando al mediodía —como transportado por una máquina del tiempo—caí en la inmensidad del aeropuerto de Barajas, a esa primera impresión del sol madrileño, cuando la INTERPOL revisaba mi pasaporte y en vez de atender a lo que preguntaban miré al cielo para sentir que el sol solo picaba en las pupilas. Dos horas de espera por Jonathan Gómez —mi exalumno en Santo Domingo— que tuvo la gentileza de enviar a su hermana Triana para hacerme compañía mientras él salía de clases y pasaba a recogerme junto a su novia. Sí, debo volver a mirar ojos de la flaca que en la cafetería del aeropuerto, mientras tomaba un jugo de naranja con Triana, se acercó a nuestra mesa y empezó a hablarme de una ciudad y un continente tan fantástico como ella. Y también debería volver al instante de sentir el primer frío en mis huesos apenas salimos del aeropuerto y errábamos por el parqueo en busca del carro… Hay que volver a todo esto para darse cuenta que está prohibido llegar a Madrid sin asombrarse. Por eso la ciudad se ha hecho enorme, con edificios de ladrillos que almacenan el calor en invierno. Con su exceso de arboles, parques y zonas verdes. Con sus apartamentos tan pequeños que parecen de muñecas. Por esas y otras cosas me dolían las mandíbulas al caminar las calles madrileñas. ¿Te dolían las mandíbulas? El asombro era constante. Esa magia aumentó mi interés por otras culturas y lenguas. Una noche no pude evitar reírme ante la ocurrencia de un amigo a quien acababa de presentarle un español. “Mucho gusto. Es un placer, conocer al primer español tras dos meses en Madrid”, le dijo con sarcasmo. Y no es del todo falso, debido a la cantidad de inmigrantes —de países que para la mayoría de nosotros ni existen— que caminan en esta metrópolis.

Una tradición local que se sumó a mi asombro es una curiosa costumbre en los “colegios mayores” y universidades españolas; la Novatada, o Fiesta de Iniciación. ¿Colegio Mayor? Es una residencia para universitarios de ambos sexos, donde además de los programas educativos te cubren las necesidades básicas. La Novatada es la vía que tienen los que llegan para ganarse la amistad de los experimentados. En el tiempo que dura —alrededor de un mes— someten a los nuevos alumnos a toda clase de bromas: beber grandes cantidades de alcohol, generalmente a través de un embudo, las carreras de caballos (en las que el novato hace el papel de… ¿adivinaron?), hacerle las tareas domésticas o los mandados por un mes a un veterano, salir en toalla a la calle, entre otras bromas. Mi condición de extranjero me eximió de pasar por esto, pues las novatadas son sólo entre españoles. El Colegio Mayor Nuestra Señora de Guadalupe, residencia que me asignó la Universidad Antonio de Nebrija, es un edificio antiguo, cuadrado, de cuatro plantas. Según leí una noche en la cripta —donde cada jueves asistimos a una tertulia con el grupo español— fue creado en 1947 y al principio se llamaba Colegio Mayor Hispanoamericano Nuestra Señora de Guadalupe. Cuenta con gimnasio, cancha de tenis, aula de pintura, computadoras… pero lo que más disfruto es la biblioteca, con una amplio catálogo de libros latinoamericanos. Aquí comencé un Taller de Escritura Creativa los miércoles donde Iago, un español que se enamoró de las clases, y yo damos riendas a ejercicios que al final mutan en textos aceptables.

¿Algo curioso de Madrid? La forma de contar los pisos de los edificios, pues lo que para nosotros es el primero, aquí es el bajo o cero. Casi siempre me confunde, pues no me hago la idea de que después de subir una escalera sigo en el primero. A pesar de eso Madrid se porta bien. ¿Lo más extraño? Aunque parezca irónico he descubierto aquí mucha literatura y música en inglés. Una tarde, en el comedor un amigo de los Estados Unidos —antes de dejar el colegio y volver a su frío— me pasó una nota: “You must heard to John Denver and Van Morrison”. Look for :(Debes oír a John Denver y Van Morrison. Busca) «Back Home Again», «Take Me Home, Country Roads», «Rocky Mountain High», «Fly Away», «Brown Eyed Girl», «Sweet Thing». John Denver con su devoción por la naturaleza me ayuda a consumir el poco tiempo que me dejan las clases, la lectura y la escritura. De alguna forma la música me empuja con alegría por las cuestas de la vida. “¿Algo que no hayas dicho?”, vuelve a preguntarme Nati. Sí. Han pasado cuatro meses y aún no me acostumbro a nada. Para mi gusto caribeño Madrid es una gigante a la que tengo que empinarme para besar. Pero una de sus curvas me atrae. La seguridad aquí es una cosa de cuentos. Es fascinante saber que puedes estar en un parque o en la calle pasada la medianoche sin ser noticia al otro día. A pesar de las veces que he estado en las estaciones del metro de Cuatro Caminos, Nuevos Ministerios, Cercanías, Sol, Príncipe Pío… todavía sigo en la etapa del asombro. No es fácil acostumbrarse a sus tamaños exagerados. Pisos y pisos entre una línea y otra. Cinco, seis y hasta diez carriles del metro o tren. El transporte público aquí es un lujo del que en Santo Domingo estamos a un añoluz.

“¿Crees que sentirán celos en tu país?” No obstante vivir en Madrid, estoy conectado a la vida literaria dominicana. Así que cuando uno de mis amigos allá gana un premio —cosa que pasa muy a menudo— lo celebro tanto como ellos. También Daniela Norilissa, del Listín Diario, me escribe regularmente por algún asunto literario, y, aunque ella se disculpaba por las molestias que cree causarme, le agradezco grandemente porque me hace seguir viviendo. No en el sentido metafórico de la frase, sino en el literal. No conozco otra forma de vida que los libros. No es raro si se toma en cuenta que mi despertar literario fue a través de la Biblia. “¿Ya conociste la nieve?”, insiste Nati. Es febrero y aun no neva, así que el misterio blanco sigue oculto a mis ojos. Pero esta mañana mi amiga Katharina, de Australia, me envió unas bellas fotos con sus huellas sobre la nieve. No puedo negar que me moría de envidia. Dicen que es un año extraño, en el que casi no ha hecho frío, cosa que me resulta increíble cuando veo el termómetro hasta en -3º. Pero en fin, supongo que hay que hacerle caso a los locales.

¿Los estudios? Nebrija me ha dado nuevos horizontes. Disfruto las clases de dirección de fotografía, taller de montaje, narrativa audiovisual. El 11 de febrero grabamos el primer capítulo de nuestra web serie, “Residencia 4” (nombre tomado de la ubicación del Guadalupe, “Avenida Seneca 4”). No hay forma de describir la sensación que me producen las clases. Una práctica que iniciamos en ellas, casi sin darnos cuenta, fue la de hacernos un selfie con cada profesor o profesora al finalizar la materia. Cosas como esas nos ayudan a conocernos. En mi grupo somos catorce. Todos dominicanos. Carlos Sosa, un amigo al que se le estrellan las palabras en la lengua al momento de abandonar la boca, y con quien tengo una amistad de esas que solo es posible conmigo. Pocas personas se acostumbran a un amigo que no sale, ni le dedica más tiempo que el camino a la universidad y las tareas. A él lo bauticé con una expresión tomada de una secuencia en que le tocó actuar. Le fascina la actuación, que se metió en el personaje de tal forma que se casó con la expresión “Serás cabrón, serás cabrón”, con el tiempo la abrevié y terminó en “Cabrón, cosa que parece no importarle. Mis colegas se dieron cuenta de mi afición por la frase “Me encanta”. Una mañana —en una de mis constantes intervenciones en clases— quedó confirmado mi bautismo. Juan Carlos o simplemente JC fue el siguiente. Cuando hacíamos las votaciones para elegir entre los actores y actrices que fueron al casting para Residencia 4, la mayoría votó en contra de una actriz que él quería. Así que por algunos días y noches no dejó de decir “Loco, sacaron a la rubia”, no pude desaprovechar la oportunidad. Sin darnos cuenta acabamos de formar el nuevo clan de los Mosqueteros. “Serás cabrón”, “Me encanta” y “Loco sacaron la rubia”. Así nos conocían. A Zuly la elegimos por voto unánime. Tiene una de las almas más nobles de la Tierra. Las historias con finales felices y ese montón de cosas cursis son sus preferidas. Así que cuando se comenta cualquiera ella remacha “Eso es hermoso”. Su muletilla es una de las expresiones que más usamos en clases. Nos hace votar el estrés. Cuando menos lo esperamos alguien la imita y explotamos en una carcajada universal. Siempre les digo a los muchachos que un día enfocaré la cámara hacia nosotros, pues estoy seguro que damos mejores historias que las que hemos escrito. Se ríen. Saben que es verdad. Hoy se lo comenté a Henry durante la comida. Me dijo, con su gracia de sur profundo. “Estoy seguro que si le llevamos la web serie a un productor junto con los de detrás de cámara, se queda con los de detrás de cámara”. 12 de febrero. Seis de la tarde (18:00 horas tiempo local). Termino de corregir la última impresión sobre mi crónica (prefiero corregir en físico) cuando acepto una invitación de una chica en Facebook. Tengo por norma aceptar a quien me invite—independientemente de la foto, creencia, orientación sexual o si lo conozco o no. La joven, con el nombre de Marie Melvine Zansa, nombre que hasta un idiota sabe que es inventado, me propone sexo después del saludo. ¿Qué dijiste? Estoy en trabajo. No puedo. Entonces me manda un video, con mi imagen, donde alguien se masturba y presenta mi cara. Cosa que cualquiera que maneje un programa básico de edición sabe que se puede hacer. Probablemente tomaron la imagen de un video que tengo en Facebook, cantado, un reto cristiano que Francis Williams me lanzó. Me envió también varias fotos de pantallas con supuestas conversaciones entre ella y yo, además de una lista grande con las indicaciones de que debía hacer si quería que esto no se publicara en internet. Ah, también me mostró una lista de mis familiares en Facebook y parte de la biografía que tengo allí. Me dijo que el video sería publicado sino le depositaba antes de seis horas. Publiqué sus patrañas en Facebook e inmediatamente mis amigos comenzaron a compartirlas. Espero que no les pase lo mismo. Lo que me alegra de todo esto es que ya tengo por donde empezar la siguiente crónica.

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