El hombre de los 100 corazone

Un corazón compartido no es de nadie. Y mucho menos fraccionado en cien. Ya que uno entre cien es cero punto cero uno, una cantidad ínfima para algo significativo. Aunque en honor a la verdad no estoy seguro de este enunciado, pero me importa un carajo, igual que las matemáticas. Tal vez lo hago por distracción, pues no siempre las distracciones son malas. Si con ellas no se abusa de la paciencia. Bueno, como sea, lo que trato de decir es que desde aquel instante odio las mujeres. Que siento por ellas repulsión. Un aborrecimiento producto del exceso, más que de la naturaleza. Sí, pues no puedo explicar cómo llegue a odiarse lo que por tantos años ha sido el motivo de la vida. Pero antes de que se vayan por la tangente entiendan que esta fobia no incumbe a mi madre ni a las amigas, me refiero a la mujer como símbolo sexual, y mucho menos es que me haya vuelto maricón. No señor, para nada, primero habría que matarme antes de tocar con lascivia la carne de un hombre. Pero ya no es lo mismo.

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