El Dios Moreno y la gran diosa Mía

(foto enviada por Kianny N. Antigua)

Cuento ganador del primer lugar, en la categoría Docentes y administrativos, en el Certamen Literario UNIBE 2017. 

Esa noche, cuando se crearon las estrellas, los dioses se contaron sus terribles secretos. Hay quienes dicen que fue aquí, pero la verdad, hijita —decía el abuelo—, es que cuando eso nada existía, así que nadie lo recuerda. El Dios Moreno había ido hasta ese rincón del universo porque al otro día tendría que partir y ni el abuelo sabía hacia dónde. En lo que todos coinciden, a pesar de que se cuentan múltiples versiones —siguió el abuelo—, es en que cuando el viento estrelló las olas contra el pelo de oro se forjaron los terribles secretos del universo. Al amanecer los secretos eran tantos que, para no poner en peligro al mismo universo —que para entonces era muy joven—, el sobrino de El Dios Moreno, Jovatán, quien también había ido a despedirlo, decidió esparcirlos. Así no se corría el riesgo de que alguien los encontrara y se hiciera superior a todos. Jovatán echó los secretos más pesados al mar, los ligeros los montó en el viento, y convirtió los grandes en moléculas invisibles que esparció por el espacio.

Hasta esa noche —siguió el abuelo— el mar no era lo que conocemos. Fue allí, mientras El Dios Moreno miraba el cielo, completamente vacío, y le confesaba su amor a la diosa de oro, donde su pelo dorado se extendió sobre el universo. Cuando la diosa intentó recogerlo ya la cabellera había cubierto la tercera parte de los planetas y se había enredado entre los árboles y la tierra. Con dolor la diosa se vio obligada a deshacerse de sus mechones, pero El Dios Moreno para compensarla los convirtió en agua. Eso sucedió una eternidad antes de que los humanos llegaran al planeta.
¿Cuánto es una eternidad, abuelo?
Un pedazo tan largo de tiempo que hasta los dioses se aburren de él. A veces, cuando despiertan de su letargo, sus criaturas se les han revelado, pelean guerras absurdas o han desaparecido.
Cuéntame de los humanos, abuelo.
Eran la especie más dañina que pobló el universo. Se mataban unos a otros, vivían llenos de odio e irónicamente decían poder amar.
¿Amar?
Es un verbo desaparecido junto con su raza. Solo ellos creían poder conjugarlo, pero se trató de una mala interpretación de la historia de la gran diosa Mía y el Dios Moreno.
Cuenta, abuelo, cuenta.
Es ridículo, pero ellos también pensaban que el amor lo inventaron los dioses. Eso le daba una dimensión inalcanzable para cualquiera de su especie. Por eso se pasaban la vida persiguiendo algo que jamás existió.
¿Conociste a algún humano, abuelo? – 68 –
Por primera vez el abuelo Fitkenk se detuvo como si fuera a decir algo. La pequeña Kabustra creyó intuirlo en el brillo de sus circuitos fosforescentes.
Volvamos a la historia y deja de distraerme, Kabustra, si quieres que termine.
El Dios Moreno se quitó el manto y dejó que el viento acariciara sus músculos bruñidos. La Diosa de Oro no hizo lo mismo (algo la ataba al pasado), pero dejó al viento filtrarse por el tesoro de su melena. Llevaban once eternidades sin verse. Dándose algunas caricias con las manos, muchas con las miradas y otras con la voz, empezaron a pintar los mundos con que soñaban. Cuando El Dios Moreno, libre del embrujo de sus ojos verdes y del murmullo de su risa, extendió un brazo hacia el cielo (algunos dicen que el izquierdo), se dio cuenta de que el firmamento estaba vacío.
—Haré seres para llenar la expansión, contestó El Dios Moreno, que no dejaba de pensar en el cuerpo que sostenían sus brazos.
—¿Harás qué?, rió la beldad. ¿Querrás decir que tendrás hijos, no?
—Sí.
El Dios Moreno estaba frustrado. No había que ser dios para darse cuenta de que el corazón de la diosa no le pertenecía. Mis ojos siempre pertenecerán a quien los haga brillar, recordaba que le dijo una vez. Cosa que estaba seguro —por más dios que fuera— que no podía hacer.
—Pídeme un deseo, lo interrumpió la diosa, que había vuelto la perla de su vista hacia el infinito —tratando de encontrar los sueños del dios en el espacio—, pero dentro del radio de sus ojos verdes no había ningún movimiento.
—¿Y?
—También el corazón tiene sus luchas y no es culpa de nadie.
—El mío no, estaba muerto cuando nací.
—Pero si tienes un corazón que no puedes con él de lo grande que es, mi negrito.
—Si fuera verdad me quisieras, pero prefieres estar con dioses inferiores, aunque sabes que te aman menos.
—Ni siquiera los dioses domamos el corazón, negrito.
Cuando eso los dioses desconocían el pecado de la resurrección. Aunque el universo y las fuerzas eran uno. Mucho antes de cualquier creación —decía el abuelo como si no fuera parte nuestra—. Después dejaba caer la barba que se iba extendiendo hasta el piso y formaba manantiales y ríos que hoy echo de menos. Entonces volvía a esos recuerdos que nadie sabía si eran inventados o ciertos.
¿Qué pasó cuando Mía le contó al Dios Moreno su secreto?
El Dios Moreno se levantó —siguió el abuelo— y caminó por la orilla de la playa… Los vientos calientes que suben del mar son parte de esa convulsión.
¿El Dios Moreno amaba a Mía?
Más que a su propia vida. Esa noche, para recordar su calor y los escasos besos que le dio, le hizo un hermoso regalo.
—Quiero que todo el universo sepa que te amo más que a él mismo, que sienta celos de ti.
—Ah sí, morenito, ¿cómo lo harás?
Mientras la diosa hablaba, el mar y el viento se habían detenido a escucharla, pues nada escapaba a sus encantos. Cada palabra que pronunciaba venía envuelta en una risa irresistible.
—Sí. Te haré el collar más ostentoso que cualquier diosa pueda lucir. Lo llamaré El Collar de Mía.
—¿De qué será?
El Dios Moreno volvió a levantar los brazos hacia la oscuridad del espacio y con sus dedos de músico fue colgando como notas en un pentagrama cada estrella que brilla en el cielo. Nosotros sabemos —cuando decía nosotros, sentía que el abuelo no era parte nuestra— que El Dios Moreno les dio doble imagen a los astros. Los humanos conocían la historia. Si lograban descubrir el centro del collar, jamás se extraviaban, pues allí late el corazón de la gran diosa, pero la parte del Instrumento Universal no la puede ver la mayoría.
¿Qué es El Instrumento Universal, abuelo?
La luz no apoca las estrellas. Cuando no las vemos es porque El Dios Moreno está en alguna aventura y su piel se extiende por el universo. Si está melancólico empieza a tocarlas, entonces las estrellas brillan tanto que producen vibraciones. Fue su argucia para no alejarse de Mía y la razón de la música en los astros.
Abuelo, ¿y cuál era su secreto?
El viejo Fitkenk siguió con su mirada hacia el piso como si temiera que desde allá arriba El Dios Moreno lo fuera a castigar por su imprudencia.
Mucho antes de que empezara la ebullición del universo, cuando todo era armonía, se cree que la gran diosa tuvo una relación con Mirlut, el dios de la aventura. Al separar- se se marcharon a galaxias muy distantes. Millones de años después la diosa mandó su mascota favorita —un cometa de cola roja— a contarle a Mirlut que estaba embarazada, pero cuando el saltarín de los astros lo supo se enfureció tanto que con su aliento apagó para siempre al cometa de cola roja y desde entonces se hizo invisible. Una ráfaga de viento que pasaba por allí y que conocía los sufrimientos de Mía vio el asesinato y se lo contó a la diosa. Mía fue al lugar. El cometa apagado se había convertido en una man- cha que llamaron Oscuridad y que amenazaba con tragar- se el universo. El pecado fue tan horrible que, una vez crea- do, solo se podía domesticar y para ello los dioses debían unirse. Antes de eso el universo era todo luz. Pero pasó algo más. Y eso fue lo terrible. Se dice que el amor que sentía Mía por su cometa se trocó en una repulsión semejante por Mirlut. Entonces un pensamiento terrible se posó sobre la diosa y lo escuchó. Para volver a la vida a la criatura, tendría que sacrificar al hijo que llevaba en el vientre. Estaba decidida. Se metió la mano entre las piernas y extrajo el feto, que ya imaginaba tan maldito como su padre, lo con- templó por algún tiempo como se retorcía y lo sacrificó estrellándolo contra la superficie de la roca muerta. Así fue como descubrieron los dioses el pecado de la resurrección.
¿Y El Dios Moreno?
Él también había tenido un hijo, pero, a diferencia del de la diosa, el suyo nació. Oí a Viento y Tiempo decir que era hermoso, que el color bruñido que heredaron los hombres es el suyo. Sin embargo, El Dios Moreno nunca cono- ció al niño. Al día siguiente de haber dormido con Nelphy, la diosa del descuido, la Junta Celestial lo envió al otro lado del universo por una eternidad. Cuando volvió, Nelphy había desaparecido y borrado todo rastro que le permitiera encontrarla. Desde entonces la vida de El Dios Moreno fue triste. Arrastraba por el universo una culpa que en parte no era suya. Quería conocer a su hijo, darle alguna galaxia, ponerle Yumpeté, como su planeta favorito —donde las criaturas solo son visibles para él—. Fantaseaba con que su hijo tuviera la facultad de ver este regalo que para ese momento había apartado, jugar a las escondidas entre las nubes, pero no sabía nada, ni siquiera si era dios o diosa. Desde entonces el universo empezó a hacerse amargo y los astros tuvieron que soportar la pérdida del embajador celestial.
¿Crees que de verdad sucedió así, abuelo?
Tiempo nunca ha mentido ni tiene por qué hacerlo, hijita. Sabía que la historia estaba terminando, así que me atreví
a dejar salir la pregunta.
¿Cómo lo supiste, abuelo?
Ya te lo dije, Tiempo y Viento hablan de estas cosas en
sus delirios. Solo tienes que esperar el momento.
¿Y El Dios Moreno, murió?
Cuando volvió para juntarse con la diosa de nuevo en
aquel lugar, ella no estaba, a pesar de que le prometió que pasaría otra noche con él. La diosa se había ido a otra galaxia. El Dios Moreno perdió la cabeza. Con la calma de siempre deshizo lo que habían creado. Regresó sin decir una palabra, sin un suspiro. Terminó de crear las leyes del universo, por eso las hizo arbitrarias. La impotencia la convirtió en nubes que aún empañan la expansión. Se incomodó tanto que reventó en una niebla de incredulidad que contagió el universo, desde entonces son pocos los que creen. Los dioses no volvieron a aparecer por mucho tiempo y cuando nacía un hombre que los defendiera la maldición de El Dios Moreno renacía en la multitud, la cegaba y los mataba. El Dios Moreno estaba deshecho. Trató de buscarla, pero no apareció. Les rogó a las estrellas que le dijeran su paradero. Sin embargo, la diosa también había dominado sus corazones. Lloró al viento, a otros dioses, a la oscuridad, pero nadie oyó su ruego. Removió todo el universo. Los demás dioses estaban seguros de que nada lo detendría. Amenazó con tragarse el cosmos y dejar solo el que le fuera indispensable para morir de ira. De aquellas explosiones —del humo que le brotaba por la nariz— salió la antimateria.
Al final se tendió sobre la vastedad del universo, desde entonces su nicho, y dejó al destino que lo manchara todo. Así pasaron las eternidades. Cuando creyeron olvidada su historia, se oyó el rumor de que se había dormido para siempre. A nadie pareció importarle.
Fitkenk recogió su barba, que se había convertido en un polvo rojizo que manchaba tres constelaciones. Cuando se levantó bostezó y de su bostezo volaron tres cometas.
Así fue creado el universo. Ya era tiempo de que lo supieras. Espera. ¿Qué sucedió con El Dios Moreno?
Decidió poner fin a su vida y con ello vengarse por siempre del resto de los vivientes. Juró que desde ese día en el universo se moriría por el ser al que menos le importara el sacrificio. Hay quienes dicen que tiempo después —cuando el Dios Moreno se había dormido para siempre— la gran diosa volvió arrepentida, diciéndole a todo el universo que en verdad lo amaba. Y que cuando supo la noticia de su tragedia perdió la cabeza y para confortarse creó la Tierra, con especies parecidas a él, pero son especulaciones. Nadie volvió a verlos. También dice la leyenda que cuando los humanos mataron a los dioses aún no había vuelto a hablar.
El abuelo se dejó caer por el agujero de gusano que se retorcía a sus pies y la niña se quedó viendo a los cometas que se perdían en la oscuridad.

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