El primer día de Reyes

Los niños esperaban con ojos saltones el regreso del padre. Había salido en la mañana a buscar a esos seres de los que tanto hablaba, quizás para entretener sus espíritus inocentes. Esa Navidad habían guardado, noche tras noche, un paquetito de hierbas, un cubo de agua y alimentos para los Reyes Magos que, según decían, venían del Oriente en camellos, por lo que al llegar a este lado del mundo, sus monturas estarían fatiga­das, y ellos con hambre y sed. Se entretenían repartiendo sus insignificantes regalos: La hierba para los camellos, el agua no sabían para quién, pues tal vez los Reyes Magos estarían tan cansados que caerían sobre ella antes de que los haraganes dromedarios pudieran extender sus largos pescuezos sobre el símbolo de la vida, y en cuanto al alimento ignoraban si los espíritus caritativos de los viajeros nocturnos se conformarían con las migajas apartadas con dolor de sus reducidos platos.

La mirada de los infantes se perdía, vez tras vez, en las curvas sucesivas del camino, por donde desapareció su padre, que como una mano de mendigo, larga y flaca, se extendía desde las lejanas montañas, pasando por el patio de su ca­sita, perdiéndose en el pico de una loma inmensa que dejaba deslizar su falda hasta donde nacía el arroyito cuyas aguas burbujeantes se mezclaban cada tarde con sus gritos infantiles en la poza construida por ellos con ramos de guayullos, o cuando se deslizaba por sus gargantas chillonas que absorbían el líquido como terreno recién quemado.

Ese día no habían pensado en la comida, único alimento seguro de la casa, pues el desayuno y la cena, cuando apare­cían, era más por un milagro de la madre, que por obra de Dios. Por ahora el deseo de ver a esos seres de otro plane­ta, como imaginaban esa parte del mundo explorada solo en cuentos, había extirpado sus apetitos vivarachos y voraces.

A las cuatro de la tarde, lo suponían por el sol que ya no llegaba a la casita, rechazado por las enormes montañas, apareció la figura del padre en el serpenteado camino, pero para su sorpresa venía solo, nadie acompañaba al hombre de campo, que esa mañana dejó el conuco para salir a buscar a quienes conocían sólo de nombre.

¿Por qué no venían? ¿Se habían negado a acompañarlo? ¿No los había encontrado, o desistieron de visitar a un lugar tan lejano?, interrogaban sus ojos ansiosos.

Las miradas seguían fijas en el punto negro que a cada paso cobraba tamañoy en el que ellos habían identificado a su padre, no por rasgos físicos, pues a aquella distancia era imposible, sino por los colores opacos de la ropa que, a pesar del trayecto, identificaban su propiedad como bandera izada.

Cada curva que se tragaba la figura idolatrada del pro­genitor era una tortura que aceleraba los latidos de la sangre infantil.

Aunque veían a su padre acercarse solo, sabían que, no obstante, los Reyes Magos podían venir con él, invisibles para no llamar la atención, o en forma de pequeños muñecos que volverían a la vida y a su tamaño normal cuando estuvieran en su presencia.

Cuando por fin apareció detrás de la loma que daba ac­ceso al rellano de la casita, la frente extendida hasta la parte trasera de la cabeza fue apareciendo, sudada y brillosa como los caballos que pasaban por el camino a todo galope, y que, según les contaban, venían de lugares muy lejanos como El Capaz, El Pino, o Los Veganos. Una bolsita negra colgaba de la mano del viejo, quizás con pan, arroz o quién sabe si con las pequeñas figuras de sus huéspedes.

El ansia invadió los corazones, deseosos de conseguir en Navidad algún juguete con qué entretener los días, exage­radamente largos, de aquel lugar donde la única distracción era el canto de las aves y el murmullo sin pausa del arroyuelo que se deslizaba cerca de la casa, y en algún momento cuando pasaba un caminante que pedía un poco de agua, por lo que lo disfrutaban ocultos detrás de la falda de su madre ,o de las rendijas del seto de tablas viejas desde donde guardaban el rostro desconocido del viajero en sus memorias en blanco.

El padre llegó, no saludó, como siempre, pues aunque era honesto y bondadoso, desconocía los buenos modales. Se sentó en una silla en el patio, se quitó la camisa, limpió el su­dor que corría por su barriga, bajando desde la frente lampiña y negra, con el pulgar de su mano derecha, como se limpia el cristal de un automóvil con la paleta de goma que recoge el agua sucia; metió la mano en la fundita, y antes de sacarla miró a los cuatro infantes que asistían al espectáculo con ojos de curiosidad. Lo primero que sacó, estaba dentro de una fun­da plástica, y tenía color verde como los sapos que nadaban en los pozos del arroyo. Pidió que le trajeran agua en un ja­rro, y después de haber sacado el extraño objeto del plástico, le quitó una perita mamey que tenía en el lado derecho, por donde comenzó a desaparecer el líquido del jarro, y después, apuntando a la cara del mayor de los hermanos, presionó un propulsor, también mamey, que se ocultó dentro de la barriga del misterioso objeto verde que escupió un chorro de saliva, y bañó la cara del azorado muchacho que no podía resistir la emoción de tocarlo. Después, lo extendió al aturdido ob­servador, y dijo “Eso te mandó tu amigo Baltasar, cuídalo”. Fuera de sí, salió corriendo disparando salivazos por la boca de aquel extraño animal que le había enviado uno de los reyes. Iba tan ebrio, que se olvidó cuál de los tres había sido. Así que por el momento ya no escribiría la carta de agradecimiento, la que echaría al arroyo con la esperanza de que sus aguas mansas sirvieran de correo a los seres mágicos que criaban animales acuáticos como éste.

Mientras tanto, los otros pequeños estaban atentos a la mano del padre, que había vuelto a desaparecer dentro de la oscura envoltura de donde salió otro animal idéntico al prime­ro, pero de color rojo claro. El padre repitió el proceso ante­rior, en esta ocasión dirigió el escupitajo del monstruo hacia el seto de la cocina de donde se deslizó una mancha oscura; después extendió el extraño animal al segundo de los infantes, quien se perdió a la carrera detrás del primero, que andaba lanzando chorros de agua como cartuchazos al aire a todo lo que se le cruzara en el camino.

La mano del padre volvió a desaparecer dentro del telón negro que, como pañuelo mágico, había disparado desde su barriga cuadrada los más extraños sueños. Una caja amarilla salió por la boca del escondite oscuro. “Miren esto”, susurró el padre, y como quien práctica un truco durante mucho tiem­po, fue quitando la tapa que le servía de puerta a la extraña caverna, de donde extrajo un objeto amarillo y azul con alas, que en lugar de patas como las mariposas y las esperanzas, tenía ruedas. Dio vueltas a una manecilla azul, como a un reloj de cuerdas, después lo puso en el suelo y dijo al tercero de sus hijos, al momento que el objeto empezaba a correr, dando vueltas a la hélice de la parte delantera, “Anda, ve por él. Es el avión que te mandó Gaspar”.

El menor de los niños no creía lo que había visto ese día, tantos milagros dentro de un paquete tan pequeño. “Qui­zás fuera mejor que no vinieran los Reyes Magos, porque con tantas emociones no le hubiéramos prestado atención”, pensó.

¿Qué se escondería dentro del vientre del oscuro reci­piente para él? La mano del padre buscaba algo que parecía no encontrar en su interior, o ¿era la falsa crueldad del viejo para impacientarlo? Al salir por la abertura negra otra caja, solo que un poco más grande, venía pegada de los callos de la mano rústica hecha para labrar la tierra. Realizó el mismo ce­remonial que la vez anterior para hacer aparecer un deforma­do animal con una cabeza enorme, y una cola larga y flaca con apariencia de pez, al que dos aletas azules colocadas sobre su lomo parecían proteger. Este extraño animal, que no pudo asociar con otra cosa que no fuera un pez, en vez de aletas, en su parte inferior tenía ruedas negras y blancas, una manecilla azul arriba de las ruedas, semejante al otro objeto que había calificado de avión, lo adornaba, a la que el padre comenzó a manipular, y cuando ya no giraba más lo puso en el suelo. Un sonido extraño salió de las aletas, que comenzaron a girar tan rápido que no parecían aletas, sino un paraguas redondo que circulaba en su lomo. Movido por el impulso de las hélices, el increíble aparato comenzó a alejarse por el patio de tierra, entre la casa y la cocina, y el muchacho, sin que se lo dijeran lanzó un grito de victoria, y se fue a perseguir el objeto aun­que con temor de tocarlo, pues pensaba que las aletas terribles de aquel pez encantado que podía correr fuera del agua, corta­rían sus manos tímidas.

 

Mientras la noche bajaba desde las montañas, uniendo el canto de los grillos a los gritos infantiles, los chicos seguían corriendo sin percatarse del concierto divino que seguramen­te disfrutaban desde algún lugar distante los ahora ignorados Reyes Magos.

Deja un comentario