Archivo del Autor: Rodolfo Báez

20 cuentos de Asimov

Aquí les dejo estos cuentos que pueden leer online:

  1. Amor verdadero
  2. Anochecer
  3. Asnos estúpidos
  4. Caza mayor
  5. Cómo ocurrió
  6. De químico a químico
  7. El demonio de dos centímetros
  8. El hombre bicentenario
  9. El mejor amigo de un muchacho
  10. El niño feo
  11. La sonrisa del cyborg
  12. La última pregunta
  13. Lenny
  14. Los ojos hacen algo más que ver
  15. Primera ley
  16. Razón
  17. Robbie
  18. Todos exploradores
  19. Una estatua para papá
  20. Versos iluminados

Aún sin noticias de Gurb

A Vladimir Tatis, por los libros prestados que regresan. 

Vine a Barcelona a buscar a Gurb. La última vez que supimos algo suyo vivía aquí bajo la apariencia del ser humano denominado Marta Sánchez. Al parecer el nombre es común entre las formas de vida (reales y potenciales) de la zona o viceversa (también podría ser mi acento), porque a todo el que pregunto donde puedo encontrarlo se ríe.  Aterrizaje normal en las inmediaciones. Para llamar la atención esta vez tomo la forma de un estudiante dominicano con el nombre ridículo de Rodolfo Báez. También abandono la nave por la escotilla 4 (superstición).

Día 1

16:01  (hora local) Jonathan (sobrino de Rodolfo) viene a recogerme en la estación del Sants. Al principio nos confundimos un poco, pues el montón de humanos que se apilan o carretean maletas por los pasillos es insoportable, pero después de unos cinco minutos de teclear por el WhatsApp logro encontrar su pajón rizado entre la muchedumbre.

17:00  Montado en un tren —al lado de Jonathan— observo a dos rubias en el asiento de enfrente hablar en catalán. Se ríen y me miran. No entiendo mucho, pero sé que coquetean conmigo. No les hago caso. La misión es “encontrar a Gurb“.

17:15  Recibo un mensaje por WhatsApp de Michael y Henry, dos compañeros de Rodolfo (también dominicanos) que están en Barcelona. Me invitan a una playa nudista. Tengo deseos de parar el tren y mandar a Gurb a la mierda. Les respondo que estoy camino a Vic y que por lo menos me falta una hora para llegar. Me devuelven que está bien, que piensan ir a Francia al día siguiente por si los quiero acompañar. Para salir del paso les digo que sí.

17:20  Las chicas de enfrente se besan en la boca y tienen las piernas entrecruzadas. Me levanto del asiento y camino hacia el cuartito que dice baño. No sé lo que se hace allí. Veo que muchos humanos entran, cierran la puerta y se quedan un par de minutos (algunos duran más que otros). Cuando salen —generalmente— se aprietan el cinturón, se secan las manos o se tocan las bolas. Como el movimiento del tren es insoportable ahí adentro aprovecho para vomitar. Para que no sospechen nada salgo tocándome las bolas, parece menos complicado.

18:48  El tren se detiene. Vic es una estación vieja y algo extraña con un olor a granja que pica en la nariz. Memorizo cada cosa para cuando venga solo. Subo por las escaleras normales, aunque llevo una maleta. No me gustan los tumultos. Los humanos se van todos por las eléctricas. Por eso engordan tanto, no por la comida, como les he oído decir.

18:50  Está lloviendo. Hay mucha gente dentro de la estación. No sé porque no les gusta mojarse cuando llueve y sin embargo tienen una costumbre ridícula de meterse en la ducha a mojarse con unas chispitas de agua.

19:00   Casi ha pasado la lluvia. Salimos. (Nota “Encima de la estación hay un hotel. Probablemente Gurb está viviendo en uno. Volveré a investigar“).

19:15  Mi hermana Negra y su esposo Neno (sobrenombres) están trabajando.

21:11  Jonathan y Lupe (su mujer) me llevan a un comedor chino. No entiendo por qué los hombres hacen diferencias al nombrar a su compañera. Unos la llaman mujer, otros esposas. (Nota “Averiguar sobre eso después“). Hay letreros en mandarín en las paredes del comedor. Como venía a Europa no me preocupé por ese idioma que a primera vista (también a última) se ve complicado.

02:00 Empiezo a ver “La niebla“, la película sobre la novela de Stephen King. Cuando el sueño me vence salen unos tentáculos asquerosos de entre la niebla. No lo soporto y muero en el sofá.

Día 2

9:00  Resucito a la misma hora cada día. Para que no vayan a hablar hago el ritual estúpido de meterme al baño unos quince minutos (creo que exagero con el tiempo). Como no sé que hacer me pego a la pared con las piernas hacia arriba y la cabeza apoyada en el piso. Es un ejercicio de relajación interplanetario que funciona de mil maravillas. A veces me quedo dormido. En ese caso lo interrumpo cuando algún desesperado toca la puerta.

10:21  Salgo a buscar rastros de Gurb en Vic. Es un pueblo extraño. Con calles de piedras muy estrechas con espejos ovales en las esquinas para que los peatones y carros vean a quien se aproximan por el callejón contiguo.

10:30  Me llama la atención la iglesia. Su campanario es más alto que todos los edificios que la rodean. Si en algún momento Gurb estuvo aquí subió a él, si aún tenía deseos de contactarnos. Arriba de la iglesia hay una cruz de unos dos metros de altura. Entro por la Porta Santa. El interior es como todas las iglesias, oscuro y vacío. Camino hasta las escaleras que deben llevarme al campanario. Una anciana (sin hábito) me sale al encuentro y me dice algo que no entiendo. Dada mi dificultad con el catalán me habla en español. Entonces acuerdo pagarle dos euros para terminar el recorrido. Por primera vez me siento estafado en nombre de Dios. Tomo la escalera hacia la cripta (me lo indica la señora). Abajo hay algunos sarcófagos. Sacófag de Bernat Despujol. (Segles XIV-XV) Canonge sacrista, donant del retaule major. Declino la inspección. Gurb no está muerto y si lo tuviera no lo encontraría aquí. Tomo las escaleras contrarias y salgo de la cripta. Me doy cuenta que el camino comprado con los dos euros terminó. Otra vez la sensación de estafa. Le pregunto a la señora si puedo subir al campanario. Me dice que va a preguntar. Se ausenta unos minutos, pero conozco la respuesta. Cuando vuelve contesta que lo siente, que no es posible. Pregunto si puedo subir a mirar las pinturas detrás del altar. La misma respuesta.

El órgano, en un tipo de balcón —como todos los órganos de estos templos— es inmenso. Demasiado grande. Detrás de él unas pinturas que tampoco puedo ver bien me recuerdan al macho cabrio que corría tan deprisa que sus pies no tocaban tierra. No pregunto si puedo subir porque sé la respuesta. En la iglesia no hay rastros de Gurb. El campanario es un misterio.

11:00  Salgo de la iglesia y encuentro otro edificio curioso, Museu Episcopal. Si Gurb estuvo aquí debió entrar. Es una biblioteca y en esos edificios se guarda mucha información (la mayoría falsa) sobre los humanos. Pero, como es domingo, está cerrado. Quería revisar la lista de asistencia. La pediría para inscribirme y aprovechando que me atendería una anciana la revisaría. Además soy turista. Nos aceptan casi todo.

11:12  Subo por la calle San Miguel, en dirección al Templo Romano, que también está cerrado. Me conformo con algunas fotos y ocultarles la cara a las turistas que beben cervezas en las mesas frente al templo y no dejan de mirarme. Decido volver, pues el sol y la mala suerte me torturan. Pero antes divago un poco por el camino que las flechas marcan como “Ruta turística“. En la tarde iré a Barcelona. Quedé de encontrarme allá con Mía (amiga de Rodolfo). Vive en Barcelona desde hace once años, quizás tenga noticias de Gurb.

16:00  En el tren a Barcelona aprovecho para leer “The Frankenstein Omnibus“. Encuentro una descripción sobre Gurg. “Desde que he estado aquí te he visto transmitiendo mensajes a través del espacio sin ningún cable. ¿Es posible que la electricidad sola pueda transmitir sus mensajes a distancias y alturas sin limites, así como han establecido contactos en estas distancias? ¿Cómo puede hacerse eso?“ Al final la descarto. Es absurdo que se haya escrito algo sobre Gurg hace 200 años.

16:33  Me quedo dormido.

17:08  Despierto porque un perro enorme —de un sujeto barbudo que se sentó al frente— lame la baba que cae de mi boca. El tipo se ríe; yo también (en una hora su perro estará muerto).

17:30  Espero a Mía en Plaza Cataluña.

18:30  Veo como las palomas se comen el maíz que les ponen los turistas para hacerse fotos y se cagan sobre el que pasa debajo de los árboles manchados de mierda. Aún espero a Mía.

18:35  Alguien que pasa cerca me dice que eso está prohibido (alimentar a las palomas). No entiendo por qué, pero le digo que sí (Nota “Preguntar después”). Me caen bien las palomas ¿Será porque ellas y yo somos los únicos negros en este mar de leche?

18:44   Sentado en las escalerillas que rodean una de las fuentes veo a las palomas beber agua.

18:52  Como un rayo de Zeus cae una gaviota del cielo y clava su pico en el cuello de una paloma a la que arrastra por dentro de la fuente. La paloma se ahoga, no sabe si por el agua o porque el filo de la gaviota le corta la vida. En pocos segundos deja de moverse y el pico de acero empieza a enterrarse en su cuerpo.

18:53  Solo queda un montón de plumas sobre la orilla de la fuente. Voy a vomitar.  Me alejo de allí.

19:15  Camino por la plaza (cuidándome de las gaviotas) para ver si encuentro rastro de Gurb.

20:00  Aún sin noticias de Gurb. Mía escribió: “Llego sobre las nueve“.

20:35  Nada sugiere que Gurg ha estado aquí, pero sé que sí. El cabrón me la pone difícil. No se puede estar en Barcelona sin visitar este lugar.

21:00  Aún sin noticias de Gurb.

21:20  Mía está saliendo del metro. Aún sin noticias de Gurb.

21:25  Llega Mía. Es bella. Las fotos no son justas. Es rubia. Tiene una sonrisa clavada en los labios y un caminar rítmico que hace a los ojos seguirla por donde quiera como perritos saltarines.

21:30  Mía me cuenta que conoció a Rodolfo en una fiesta. “Nada importante, mis ojos verdes le saltaron encima como dos sapos“, dice muerta de risa.

21:40  Caminamos por la Rambla donde aprovecho para presumir lo que me enseñaron antes del viaje. Alabo las arquitectura de Gaudí, Domènech y Montaner. Es divertido hacerte pasar por otro y que te lo crean. Pienso que la culpa de que los humanos se engañen con tanta felicidad es del aparato llamado televisión, que desde mi punto de vista no tiene uso racional, pero no le digo eso a Mía.

22:00  Llegamos al Portal de la Paz donde está el Monumento a Colón. Me maravilla su altura y la cantidad de metal empleado en su construcción. Por un momento vuelvo a pensar en Gurb, pero el pensamiento se va con la brisa que se cuela por la falda de Mía.

22:10  Hacemos fotos y aprovecho para agarrarme a la cintura de Mía. Sus ojos, cabello y sonrisa van manchándome la piel. Otra vez quiero vomitar (tampoco le digo).

22:15  Caminamos al muelle. Quiero sentarme a ver el mar. En mi planeta no hay. Me asustaban las gaviotas a pocos metros de nosotros (tampoco digo nada). Hablamos por mucho rato no sé de qué. Algo extraño sucede. El mar se ha perdido. Cuando miro a Mía para pedirle una explicación la tiene en los ojos. Solo ahora envidio al ser humano llamado Rodolfo Báez. ¿Y si le digo que pudiera quedarme allí toda la vida, qué por ella y aquella ciudad mandaría la misión al diablo? Creo que no sabría de qué hablo, porque su corazón es una bola de fuego que incendia el universo. Me asusto. Probablemente he empezado a ponerme verde.

23:15  Regreso a Vic con los labios bañados de recuerdos. Volveré a Barcelona todos los días. A Gurb que se cuide.

00:09  Jonathan me presenta dos amigos; Mijares y Arlan. Mijares es dominicano, Arlan de Colombia. Cuando llegamos estaban sentados sobre una tarima de madera al lado de la calle El Paseo. Mientras beben cervezas hablamos de viajes, comida, familia y esas estupideces que forman el vocabulario humano. Mijares quiere ir a Japón. Está enamorado de su cultura. Me cuenta sobre los hoteles cápsulas y su deseo de quedarse en uno. También iré a Japón. Será el próximo año. Arlan lleva el pelo largo amarrado en un moño para nada femenino. Nos lo pasamos de una forma que los españoles denominan “de puta madre”.

03:00  Escribo en la libreta el reporte del día. Decido no enviarlo al Consejo.  Arranco las páginas.

Día 3

Estoy con Mía en Barcelona. Aún sin noticias de Gurb.

Día 4

De nuevo en Barcelona. Aún sin noticias de Gurb.

Día 5

Otra vez en Barcelona. Aún sin noticias de Gurb.

Día 6

También Barcelona. Aún sin noticias de Gurb.

Día 7

Barcelona. Aún sin noticias de Gurb.

Día 8

16:00  De nuevo en el tren (Jonathan y yo). /Ahora rumbo a Barcelona. Mañana tengo un vuelo a Suiza. La misión fue abortada.

16:45  Nos bajamos en plaza Cataluña y divagamos por las calles agobiadas de turistas. A veces se nos van los ojos detrás de algunas piernas, pero son tantas y corren tan deprisa que nos dejan un vacío en el pecho como cuando sales de la zona de gravedad de un planeta.

17:15  Como por ahora no tenemos qué hacer (Mía saldrá a las nueve del trabajo) preguntamos a un policía como llegar caminando hasta la Sagrada Familia. “Son unos treinta minutillos“, contesta con esa peculiaridad de los españoles al formar el diminutivo. Nos extiende un mapa sobre el que hace unas marcas azules y nos sumergimos en el río de cuerpos.

16:08  Somos dos mierditas negras haciéndonos fotos frente al universo expiatorio de Antonio Gaudí. En ninguna de las fotos salimos solos. Los turistas son una peste. Gurb estuvo aquí. Nadie se va de Barcelona sin visitar la Sagrada Familia. Un letrero nos indica el camino a la boletería (hay que comprar un ticket para entrar).

16:20  Abandonamos la fila de los tickets. Nos espanta pagar tanto por entrar a una iglesia.

16:28  En lugar del pan espiritual entramos al McDonald’s frente a la Sagrada Familia. Un trabajador de piel morena —igual que la nuestra— no para de mirarme. Siempre que va a algún lado nuestros ojos tropiezan. Hay algo extraño en su mirada. Para no levantar sospecha, hago lo que cualquier humano haría en mi circunstancia. Me le acerco y le pregunto donde está el baño (siempre digo baño, nunca servicio). Nos miramos a los ojos. Con una mano me indica el pasillo a la derecha. (Nota “Investigar porque los baños siempre están en el pasillo a la derecha“).

16:30  Salgo del baño. Le hablo al sujeto. Se llama Junior y es dominicano. “De Santo Domingo, del ensanche la Fe“, dice con ese hablar atropellado de los dominicanos que tanto me cuesta imitar. Al final resultamos vecinos (Rodolfo vivía allá).

16:40   Compramos hamburguesas de pollo con una bebida que me saca truenos del estomago.

17:07   Nos montamos en el metro para estar más cerca de donde Mía trabaja. Tomamos el equivocado.

21:34  Llega Mía. Nos damos un beso. Le presento a Jonathan.

21:50  Cogemos el tren a la playa. Otra vez el equivocado.

22:51  La arena entra por mi sandalias. Mía agarra sus zapatos en las manos. Jonathan  (cargando mi maleta) va unos pasos adelante. No hay mucha gente en la playa. Algunos humanos hacen el amor dentro del agua y en la arena. Fingimos que no los vemos. Nos sentamos en un lugar apartado y oscuro.

23:17  Un chico y una chica riéndose vienen hacia nosotros. Nos saludamos. La chica está muy ebria. Se tira en la arena sin dejar de reír. “/He me he metío mucha maría hoy. Me dio fuerte“, dice como si hablara de comida. Vuelve a reír. Sin saber por qué hacemos un circulo y decimos nuestros nombres (ya no recuerdo como se llamaban). El recuerdo más agradable que tengo suyo es cuando se iban; el chico levantando a la novia de la arena a cada paso y su insistencia de que no debía manejar, mientras ella repetía que sí manejaría, que estaba bien (la noche siguiente soñé con dos cadáveres dentro de un carro destrozado en la autopista).

00:05  Pongo música. Mía y Jonathan van por cerveza s. Solo tomo cervezas sin alcohol, pero esta noche no quiero. Jonathan había comprado picaderas y preparado sandwiches. “Los suyos son los que no tienen jamón. Están en la bolsa verde“, dijo en la casa mientras los hacía.

00:18  Mía y Jonathan vuelven. Nos tiramos en la arena; Mía en mis brazos, Jonathan debajo de la toalla. Creamos el universo con tierra y viento. Todo vuela sobre las espumas de las olas.

04:50  La alarma despega a Mía, que se había enroscado en mi pecho, del sueño. Aunque odio el agua voy a la ducha y me quito la arena metida por todas partes. La misión fue abortada, así que  aprovecharé los viajes para algo útil. Como tendré que vivir de algo y los trabajos humanos son tan patéticos me decido por el menos lucrativo. La desventaja de ser escritor es que termina creciéndote la barriga y probablemente hasta mueres diabético o de un infarto. Como Rodolfo Báez sería un escritor muy malo, adopto el nombre de Eduardo Mendoza. Quizás algún día Gurb lea algo mío…

07:30  Tomo un avión a Suiza.

El Dios Moreno y la gran diosa Mía

(foto enviada por Kianny N. Antigua)

Cuento ganador del primer lugar, en la categoría Docentes y administrativos, en el Certamen Literario UNIBE 2017. 

Esa noche, cuando se crearon las estrellas, los dioses se contaron sus terribles secretos. Hay quienes dicen que fue aquí, pero la verdad, hijita —decía el abuelo—, es que cuando eso nada existía, así que nadie lo recuerda. El Dios Moreno había ido hasta ese rincón del universo porque al otro día tendría que partir y ni el abuelo sabía hacia dónde. En lo que todos coinciden, a pesar de que se cuentan múltiples versiones —siguió el abuelo—, es en que cuando el viento estrelló las olas contra el pelo de oro se forjaron los terribles secretos del universo. Al amanecer los secretos eran tantos que, para no poner en peligro al mismo universo —que para entonces era muy joven—, el sobrino de El Dios Moreno, Jovatán, quien también había ido a despedirlo, decidió esparcirlos. Así no se corría el riesgo de que alguien los encontrara y se hiciera superior a todos. Jovatán echó los secretos más pesados al mar, los ligeros los montó en el viento, y convirtió los grandes en moléculas invisibles que esparció por el espacio.

Hasta esa noche —siguió el abuelo— el mar no era lo que conocemos. Fue allí, mientras El Dios Moreno miraba el cielo, completamente vacío, y le confesaba su amor a la diosa de oro, donde su pelo dorado se extendió sobre el universo. Cuando la diosa intentó recogerlo ya la cabellera había cubierto la tercera parte de los planetas y se había enredado entre los árboles y la tierra. Con dolor la diosa se vio obligada a deshacerse de sus mechones, pero El Dios Moreno para compensarla los convirtió en agua. Eso sucedió una eternidad antes de que los humanos llegaran al planeta.
¿Cuánto es una eternidad, abuelo?
Un pedazo tan largo de tiempo que hasta los dioses se aburren de él. A veces, cuando despiertan de su letargo, sus criaturas se les han revelado, pelean guerras absurdas o han desaparecido.
Cuéntame de los humanos, abuelo.
Eran la especie más dañina que pobló el universo. Se mataban unos a otros, vivían llenos de odio e irónicamente decían poder amar.
¿Amar?
Es un verbo desaparecido junto con su raza. Solo ellos creían poder conjugarlo, pero se trató de una mala interpretación de la historia de la gran diosa Mía y el Dios Moreno.
Cuenta, abuelo, cuenta.
Es ridículo, pero ellos también pensaban que el amor lo inventaron los dioses. Eso le daba una dimensión inalcanzable para cualquiera de su especie. Por eso se pasaban la vida persiguiendo algo que jamás existió.
¿Conociste a algún humano, abuelo? – 68 –
Por primera vez el abuelo Fitkenk se detuvo como si fuera a decir algo. La pequeña Kabustra creyó intuirlo en el brillo de sus circuitos fosforescentes.
Volvamos a la historia y deja de distraerme, Kabustra, si quieres que termine.
El Dios Moreno se quitó el manto y dejó que el viento acariciara sus músculos bruñidos. La Diosa de Oro no hizo lo mismo (algo la ataba al pasado), pero dejó al viento filtrarse por el tesoro de su melena. Llevaban once eternidades sin verse. Dándose algunas caricias con las manos, muchas con las miradas y otras con la voz, empezaron a pintar los mundos con que soñaban. Cuando El Dios Moreno, libre del embrujo de sus ojos verdes y del murmullo de su risa, extendió un brazo hacia el cielo (algunos dicen que el izquierdo), se dio cuenta de que el firmamento estaba vacío.
—Haré seres para llenar la expansión, contestó El Dios Moreno, que no dejaba de pensar en el cuerpo que sostenían sus brazos.
—¿Harás qué?, rió la beldad. ¿Querrás decir que tendrás hijos, no?
—Sí.
El Dios Moreno estaba frustrado. No había que ser dios para darse cuenta de que el corazón de la diosa no le pertenecía. Mis ojos siempre pertenecerán a quien los haga brillar, recordaba que le dijo una vez. Cosa que estaba seguro —por más dios que fuera— que no podía hacer.
—Pídeme un deseo, lo interrumpió la diosa, que había vuelto la perla de su vista hacia el infinito —tratando de encontrar los sueños del dios en el espacio—, pero dentro del radio de sus ojos verdes no había ningún movimiento.
—¿Y?
—También el corazón tiene sus luchas y no es culpa de nadie.
—El mío no, estaba muerto cuando nací.
—Pero si tienes un corazón que no puedes con él de lo grande que es, mi negrito.
—Si fuera verdad me quisieras, pero prefieres estar con dioses inferiores, aunque sabes que te aman menos.
—Ni siquiera los dioses domamos el corazón, negrito.
Cuando eso los dioses desconocían el pecado de la resurrección. Aunque el universo y las fuerzas eran uno. Mucho antes de cualquier creación —decía el abuelo como si no fuera parte nuestra—. Después dejaba caer la barba que se iba extendiendo hasta el piso y formaba manantiales y ríos que hoy echo de menos. Entonces volvía a esos recuerdos que nadie sabía si eran inventados o ciertos.
¿Qué pasó cuando Mía le contó al Dios Moreno su secreto?
El Dios Moreno se levantó —siguió el abuelo— y caminó por la orilla de la playa… Los vientos calientes que suben del mar son parte de esa convulsión.
¿El Dios Moreno amaba a Mía?
Más que a su propia vida. Esa noche, para recordar su calor y los escasos besos que le dio, le hizo un hermoso regalo.
—Quiero que todo el universo sepa que te amo más que a él mismo, que sienta celos de ti.
—Ah sí, morenito, ¿cómo lo harás?
Mientras la diosa hablaba, el mar y el viento se habían detenido a escucharla, pues nada escapaba a sus encantos. Cada palabra que pronunciaba venía envuelta en una risa irresistible.
—Sí. Te haré el collar más ostentoso que cualquier diosa pueda lucir. Lo llamaré El Collar de Mía.
—¿De qué será?
El Dios Moreno volvió a levantar los brazos hacia la oscuridad del espacio y con sus dedos de músico fue colgando como notas en un pentagrama cada estrella que brilla en el cielo. Nosotros sabemos —cuando decía nosotros, sentía que el abuelo no era parte nuestra— que El Dios Moreno les dio doble imagen a los astros. Los humanos conocían la historia. Si lograban descubrir el centro del collar, jamás se extraviaban, pues allí late el corazón de la gran diosa, pero la parte del Instrumento Universal no la puede ver la mayoría.
¿Qué es El Instrumento Universal, abuelo?
La luz no apoca las estrellas. Cuando no las vemos es porque El Dios Moreno está en alguna aventura y su piel se extiende por el universo. Si está melancólico empieza a tocarlas, entonces las estrellas brillan tanto que producen vibraciones. Fue su argucia para no alejarse de Mía y la razón de la música en los astros.
Abuelo, ¿y cuál era su secreto?
El viejo Fitkenk siguió con su mirada hacia el piso como si temiera que desde allá arriba El Dios Moreno lo fuera a castigar por su imprudencia.
Mucho antes de que empezara la ebullición del universo, cuando todo era armonía, se cree que la gran diosa tuvo una relación con Mirlut, el dios de la aventura. Al separar- se se marcharon a galaxias muy distantes. Millones de años después la diosa mandó su mascota favorita —un cometa de cola roja— a contarle a Mirlut que estaba embarazada, pero cuando el saltarín de los astros lo supo se enfureció tanto que con su aliento apagó para siempre al cometa de cola roja y desde entonces se hizo invisible. Una ráfaga de viento que pasaba por allí y que conocía los sufrimientos de Mía vio el asesinato y se lo contó a la diosa. Mía fue al lugar. El cometa apagado se había convertido en una man- cha que llamaron Oscuridad y que amenazaba con tragar- se el universo. El pecado fue tan horrible que, una vez crea- do, solo se podía domesticar y para ello los dioses debían unirse. Antes de eso el universo era todo luz. Pero pasó algo más. Y eso fue lo terrible. Se dice que el amor que sentía Mía por su cometa se trocó en una repulsión semejante por Mirlut. Entonces un pensamiento terrible se posó sobre la diosa y lo escuchó. Para volver a la vida a la criatura, tendría que sacrificar al hijo que llevaba en el vientre. Estaba decidida. Se metió la mano entre las piernas y extrajo el feto, que ya imaginaba tan maldito como su padre, lo con- templó por algún tiempo como se retorcía y lo sacrificó estrellándolo contra la superficie de la roca muerta. Así fue como descubrieron los dioses el pecado de la resurrección.
¿Y El Dios Moreno?
Él también había tenido un hijo, pero, a diferencia del de la diosa, el suyo nació. Oí a Viento y Tiempo decir que era hermoso, que el color bruñido que heredaron los hombres es el suyo. Sin embargo, El Dios Moreno nunca cono- ció al niño. Al día siguiente de haber dormido con Nelphy, la diosa del descuido, la Junta Celestial lo envió al otro lado del universo por una eternidad. Cuando volvió, Nelphy había desaparecido y borrado todo rastro que le permitiera encontrarla. Desde entonces la vida de El Dios Moreno fue triste. Arrastraba por el universo una culpa que en parte no era suya. Quería conocer a su hijo, darle alguna galaxia, ponerle Yumpeté, como su planeta favorito —donde las criaturas solo son visibles para él—. Fantaseaba con que su hijo tuviera la facultad de ver este regalo que para ese momento había apartado, jugar a las escondidas entre las nubes, pero no sabía nada, ni siquiera si era dios o diosa. Desde entonces el universo empezó a hacerse amargo y los astros tuvieron que soportar la pérdida del embajador celestial.
¿Crees que de verdad sucedió así, abuelo?
Tiempo nunca ha mentido ni tiene por qué hacerlo, hijita. Sabía que la historia estaba terminando, así que me atreví
a dejar salir la pregunta.
¿Cómo lo supiste, abuelo?
Ya te lo dije, Tiempo y Viento hablan de estas cosas en
sus delirios. Solo tienes que esperar el momento.
¿Y El Dios Moreno, murió?
Cuando volvió para juntarse con la diosa de nuevo en
aquel lugar, ella no estaba, a pesar de que le prometió que pasaría otra noche con él. La diosa se había ido a otra galaxia. El Dios Moreno perdió la cabeza. Con la calma de siempre deshizo lo que habían creado. Regresó sin decir una palabra, sin un suspiro. Terminó de crear las leyes del universo, por eso las hizo arbitrarias. La impotencia la convirtió en nubes que aún empañan la expansión. Se incomodó tanto que reventó en una niebla de incredulidad que contagió el universo, desde entonces son pocos los que creen. Los dioses no volvieron a aparecer por mucho tiempo y cuando nacía un hombre que los defendiera la maldición de El Dios Moreno renacía en la multitud, la cegaba y los mataba. El Dios Moreno estaba deshecho. Trató de buscarla, pero no apareció. Les rogó a las estrellas que le dijeran su paradero. Sin embargo, la diosa también había dominado sus corazones. Lloró al viento, a otros dioses, a la oscuridad, pero nadie oyó su ruego. Removió todo el universo. Los demás dioses estaban seguros de que nada lo detendría. Amenazó con tragarse el cosmos y dejar solo el que le fuera indispensable para morir de ira. De aquellas explosiones —del humo que le brotaba por la nariz— salió la antimateria.
Al final se tendió sobre la vastedad del universo, desde entonces su nicho, y dejó al destino que lo manchara todo. Así pasaron las eternidades. Cuando creyeron olvidada su historia, se oyó el rumor de que se había dormido para siempre. A nadie pareció importarle.
Fitkenk recogió su barba, que se había convertido en un polvo rojizo que manchaba tres constelaciones. Cuando se levantó bostezó y de su bostezo volaron tres cometas.
Así fue creado el universo. Ya era tiempo de que lo supieras. Espera. ¿Qué sucedió con El Dios Moreno?
Decidió poner fin a su vida y con ello vengarse por siempre del resto de los vivientes. Juró que desde ese día en el universo se moriría por el ser al que menos le importara el sacrificio. Hay quienes dicen que tiempo después —cuando el Dios Moreno se había dormido para siempre— la gran diosa volvió arrepentida, diciéndole a todo el universo que en verdad lo amaba. Y que cuando supo la noticia de su tragedia perdió la cabeza y para confortarse creó la Tierra, con especies parecidas a él, pero son especulaciones. Nadie volvió a verlos. También dice la leyenda que cuando los humanos mataron a los dioses aún no había vuelto a hablar.
El abuelo se dejó caer por el agujero de gusano que se retorcía a sus pies y la niña se quedó viendo a los cometas que se perdían en la oscuridad.

Soy escritor cada día, pero lector cada segundo

Saiury Calcaño
Santo Domingo

Dejó siendo menor de edad Rancho Arriba en Ocoa, tras un sueño. Al llegar a Santo Domingo, encontró un medio de escape a toda la mediocridad e hipocresía acompañado con la soledad que se vive al ser un desconocido en la capital: la literatura.

Sin embargo, su amor por las letras no es un amor capitaleño, viene desde su infancia. “Desde el campo escribía. Fue mi primera novia”, expresa Rodolfo Báez, periodista y escritor.

Aunque a su corta edad ha escrito una docena de libros, se considera más un lector que un escritor.

“Soy escritor cada día, pero lector cada segundo. Podría darse el caso de que un día no escriba nada, pero desde hace más de 15 años no he pasado ni un solo día sin leer. Borges dijo “Que otros se jacten de lo que han escrito, a mí me enorgullece lo que he leído”…

La última crónica del infierno, de Rodolfo Báez

https://www.listindiario.com/ventana/2015/05/20/367866/la-ultima-cronica-del-infierno-de-rodolfo-baez
Víctor Bidó
Santo Domingo

La literatura  joven  trae  consigo una estela de duda  y esperanza. También ímpetu  y entusiasmo. La  inexperiencia es colmada por  el aprendizaje  que otorga el tiempo. El cuento es un género que sólo  el  oficio puede  revelar.  Ante  un  cuento sabemos  si hay  plenitud o medianía. Cultivarlo  exige  una  atención  minuciosa  si  queremos  dar  con un  buen  cuento.

Hace poco me  encontré  con el libro de  Rodolfo  Báez: “La Última Crónica del Infierno”. Joven escritor nacido en 1983. Lleva en su aval una docena de libros publicados y esto me ha sorprendido. La cantidad nada dice, sin embargo, impresiona. Me atrae su pasión  porla literatura. El libro contiene nueves cuentos que mantienen el interés del lector. Esto supone, desde ya, un logro importante.No podemos esperar que todos los cuentos de un libro sean de  igual calidad. Que varios cuentos sean buenos, es un triunfo. Encontré  varios en el texto de Rodolfo Báez…