La hija del comandante

En el mes de agosto del año 2000 estuve haciendo un reportaje para la Marina de Guerra Dominicana, y un día, por una de esas casualidades que tiene la vida, me encontraba en el Club de Alistados, y no sé, cómo fue a sentarse en mi mesa un anciano que trabajaba allí como cocinero. No recuerdo, cómo comenzamos a hablar, ni de qué. Tampoco sabía la causa de que se fijara tanto en mi rostro, mientras hablábamos. Después me contó, con melancolía, que mi sonrisa constante, le había recordado un suceso acontecido en aquel lugar hacía muchos años. Lo más extraño fue su despedida. “Si viene mañana a este mismo lugar y a esta hora, le contaré una historia, que puede cambiar su carrera como periodista”. Al otro día estuve allí antes de la hora acordada. No sé qué me impulsó. Creo que todo el mundo sabe, que si hay algo que llama la atención de un periodista, es lo desconocido y misterioso. A la hora exacta se presentó. Su saludo fue:” Lo que me motivó a contarle esto es el brillo de su sonrisa, así que nunca deje de sonreír. Por eso pensé que usted debe saber que en este lugar, la Base Naval, hace muchos años había un ser humano que jamás sonrió”. Y comenzó a contarme una historia, tan extraña como fascinante. Me dijo que debía conocer a quien tenía los detalles de la misma. Y que si me interesaba investigarla a fondo me pondría en contacto con el tío del personaje de quien me había contado y a quien él conocía. Me advirtió que si un día publicaba esto, su nombre debía quedar en el anonimato, ya que la institución nunca se había atrevido a publicarla, y la declaró confidencial, sin dar una razón para ello. “Pero dejemos que sea el pueblo quien juzgue, si tenía o no razón”, agregó. Una semana después, estaba reunido con el misterioso guardián del secreto, Maximiliano García, quien accedió a que publicara su nombre. “Nada, ni siquiera la tumba asusta a un anciano cuando se ha cansado de la vida”, contestó. “Pero primero dígame, ¿qué piensa hacer con la memoria de mi sobrino y el apellido de mi familia?” Le dije que en honor a su sobrino me gustaría que el mundo conociera su historia. Pareció dudar de mis palabras, y después continuó, “No estoy seguro de que esa haya sido la voluntad de Antonito, así le decíamos; ya verá, cuando conozca la historia, porqué le digo esto”. Sacó de un bolsillo del saco una copia del manuscrito que custodiaba, y antes de ponerla en mis manos, suspendiéndola en el aire con el codo sobre la mesa, agregó, “solo puede publicar esto o una parte de ello, si no le cambia, ni una sola palabra a lo contado aquí”. Le prometí que así lo haría, y con la firmeza de una montaña, dejó caer el escrito en mi mano temblorosa. Años después, cuando me decidí a publicarlo, telefoneé a Maximiliano para invitarlo a la presentación. Me contó, con voz débil, que ya no podía levantarse de la cama, pero que esta noticia era la mano misericordiosa que le cerraba los ojos para la muerte.

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