Crónicas madrileñas 4

Siempre he creído que la muerte es eso, una gran pausa literaria“. 

Descubrimos el misterio de la bicicleta roja una mañana cualquiera de nuestro quinto mes en Madrid ¿Cuánto tiempo llevaba allí? ¿A quién había pertenecido? Todos coincidimos en que en octubre ya estaba ahí. El Cabrón o cualquiera de los otros —no recuerdo, como siempre me pasa— hizo un comentario sobre la bicicleta que alguien dejaba amarrada a una verja cerca de la estación del Metro de Moncloa, frente al Ejercito del Aire.  Durante esa semana y la siguiente la vimos cada día.  Comenzó a parecernos extraño que siempre estuviera en el mismo lugar y en la misma posición. “Sabremos si en verdad el dueño viene en ella al metro o si está abandonada”, dije una tarde, cuando regresábamos de la universidad. La tumbé,  para comprobar si al otro día estaría así. La mañana siguiente estaba igual. Empezamos a conjeturar hipótesis; el dueño era un indocumentado que salió y lo deportaron sin darle oportunidad de volver por su bici, lo había arrollado algún autobús o simplemente vino hasta el metro en su bicicleta y se suicidó lanzándose delante de una de sus unidades. Era asombroso que llevara tanto tiempo amarrada frente al cuartel de la policía que tanto admiraba. “Policía Aérea” se lee en sus uniformes. Las mujeres de sus brigadas son tan bellas que se puede pensar —perfectamente— que fueron creadas para vigilar los cielos. He escuchado a las compañeras de Máster hacer comentarios parecidos sobre los hombres, pero apenas los retengo el tiempo necesario para saber que hablan de ellos.

El sábado 18, di como ochocientos abrazos. Era el Día Mundial de la Juventud Adventista. Y con la iglesia de Oporto (la colonia brasileña) nos fuimos al parque del Retiro y abrazamos al mundo. Por algunos segundos sostuve entre mis brazos las caderas de Bulgaria,  Budapest, Londres, Estocolmo, Francia, Indonesia…
En su mayoría las personas disfrutaban el calor humano. Correspondían con tanta pasión que llegué al colegio vuelto un ángel. Ahora escribo sobre la cama —donde he creado todos mis libros— y me cuido de que las alas no entorpezcan la pantalla del ordenador (¿Oh rayo, dije ordenador?). Eso parece. Aunque me suenan ridículas las expresiones españolas me molan. Los libros me han enseñado a amar a la gente y países con sus jergas y expresiones. No obstante sigo sin entender un follón (montón) del diccionario común español.
En los rodajes de los jueves con El macho (el profesor, pero me prohibió que escriba su nombre) concluyo lo mismo que Anna Maria Shúa en Naufragio. El macho, es todo un personaje, uno de los sujetos más extraños que conozco. Fuma como España, odia las fotografías —a pesar de que es profesor de Técnicas de Rodaje—. Sin embargo es un gran profesional. Ha trabajado un centenares de series y películas, pero su nombre y fotos casi nunca aparecen en los créditos. “Macho, tuve un lío cuando me gradué en la universidad, porque me negué a que publicaran mi foto. Lo único que nos queda a los humanos es un poco de privacidad y eso si sabemos atesorarla”, me dijo en el comedor un jueves —después del rodaje— frotándose las manos para disimular la vergüenza. Resulta tan extraño que en el siglo de las redes sociales alguien se faje a trabajar en una película o serie y después pelee porque su nombre no aparezca en los créditos. Me gustaría hablar de él con soltura; decir todas las jergas, chistes y disparates que se nos ocurrían en el rodaje, pero en honor a quien prefiere que el mundo no se entere de todo lo que ha hecho por él corto la línea. ¿Tendrá algo que ver con eso de que lo que hace tu mano derecha no lo sepa la izquierda? No me importa. Lo que cuenta es que cada momento que tuvimos libre —entre los rodajes— lo tomábamos para hablar de escritura y libros. Me contó que ha escrito algunos relatos, pero que —lógicamente— han sido publicados con seudónimos.  “Ponte al loro” “A que sí” “Te metes mucho en el ajo” “Me pilla cerca” y un follón de expresiones más que no acabaré de entender del todo me lo recordarán siempre. Prometió ir a República Dominicana para grabar algo con nosotros.
Es domingo en la mañana, frente al antiguo Palacio Real, veo los Jardines de Sabatini en los ojos de Daniela. Quería despedirse. Se va a Colombia por unos meses y antes de marcharse dejó que me empapara en la miel de sus ojos. La brisa nos borra las palabras, así que me acerco a su boca. Cálida, como la primavera —que empieza hoy—. Nos abrazamos un año luz y después salimos por las calles de piedra a tropezar con la gente sin personalidades. Un sujeto vestido de Michael Jackson se dispone a dar un espectáculo frente al Teatro Real (como le digo a Gina Trejo, aquí todo es real: Palacio Real, Teatro Real, Real Madrid… Ella es la Real Hermana). Nos acercamos al bailarín con una sonrisa caribeña. Le comento que en la calle el Conde, en Santo Domingo, hay alguien que hace eso mismo y que se le parece mucho. Me dice que justamente ayer le hablaron de él, que buscó algo suyo en internet, pero no encontró gran cosa. Lo vemos bailar.  Me alborota la sangre de tal modo que una moneda cae de mi bolsillo y se aloja en el sombrero puesto delante de la improvisada tarima para que los espectadores dejen sus ofrendas.
El día de la poesía recibí algunas felicitaciones —no sé porqué— parece que a la gente todavía le da por creer tonterías.
22 de marzo. Fui al medico por primera vez en treinta y dos años. El doctor —un español bajo, delgado y con barba, me dijo que era normal— pues no se supone que la gente joven vaya al hospital. No le dije nada, pero me reí por dentro. No me quedó claro si me halagaba o si me echaba en cara que me estoy poniendo viejo. En fin, fue tan extraño. Me sentí ridículo caminando por mis pies al hospital, pero tengo como seis meses con una congestión. Le dije al doctor que solo eran dos meses y que pensaba se debía a una gripe alargada más de la cuenta. Antes de entrar a verlo me habían puesto un aparato en el dedo indice y con una especie de pistola me dispararon un tiro en el cuello, creo que para medirme el calor corporal. Lo del aparato en el dedo —me di cuenta cuando entré al despacho número dos— donde me esperaba un doctor. Encima de la mesa, en una hoja amarilla, con esas líneas que dibujan el ritmo cardiaco, estaba mi nombre. El doctor me hizo varias preguntas, me mandó quitar el abrigo y subirme en una camilla, mientras tocaba puntos en mi espalda y yo inhalaba y exhalaba. No sé por qué pero mientras me palpaba pensé en la muerte. En una muerte terrible; donde no habían libros ni nada que escribir. Siempre he creído que la muerte es eso, una gran pausa literaria.
Camino al hospital me detuve a ver la bicicleta roja. Seguía tirada en el piso, amarrada por el cuello a la verja como una vaca. Hoy la vi más de cerca —hasta le hice una foto— y me di cuenta que tiene los puños y cangrejos de un azul hermoso. También noté que las llantas están torcidas.
Al regresar al Guadalupe, me enteré que Pedro Verges vivió muchos años aquí. Me lo dijo la recepcionista. La vi leyendo una novela y empezamos a hablar de literatura. Nos contamos todo en dos minutos. Prometí hacer una investigación sobre su historia. Al otro día volteaba la biblioteca en busca de “Solo cenizas hallarás (bolero)”, pero no estaba. El director de estudios —Miguel Ángel Gómez— quedó de conseguírmela, aunque tenga que buscarla en todo Madrid.
La Semana Santa madrileña fue una mujer que pasó con tanta ropa que no pude coquetearla. El frío aun no termina de irse, así que para los que estamos impuesto al sol ardiente del Caribe y sus playas que nos hacen botar el cuero, nos tocó quedarnos en la casa y sacar la cara por las ventanas cuando a alguna chispita de sol se le antojó salir. Los cinco días fueron una gran noche, porque el sol madrileño es un cometa que se lleva el viento sin que su cola nos toque la cara. No obstante hay algo que amo de Madrid. Pues aunque el frío es inclemente,  en estos meses siento que he escrito más que en cualquier otra etapa de mi vida. Me ayuda la rutina casi loca —pero fantástica— que he creado. Como me paso desde las nueve hasta las tres o cuatro en la universidad, cuando llego, me baño, como y duermo por tres o cuatro horas. Me levanto, ceno, corro, estudio, escribo, leo y veo películas hasta las cinco de la mañana. Los resultados imagino que los apreciaré en el futuro. En general, estoy contento con mis creaciones madrileñas.
El 26 me reuní con Yaniris y Alejandro Arvelo, en un lugar de esos donde la gente se junta para resucitar el pasado. Hablamos. Hablamos y hablamos sobre la cultura, política, y tradiciones nuestras, mientras los vasos de vino contaban el tiempo. Yaniris y Alejandro me habían pedido leer “Gaviotas de papel”, donde Yaniris es uno de mis personajes. Es el resultado de un taller de escritura creativa impartido cuando ella trabajaba en la Biblioteca Infantil y Juvenil República Dominicana. La emoción junta con el vino le salía a Yaniris por los poros mientras se imaginaba en su cuerpo plástico de aquel mundo futurista. Metimos más de medio siglo en cuatro horas. Alejandro apenas me recordaba, así que tuve que decirle que era el joven que diez años atrás —cuando era director de la Feria del Libro de Santo Domingo— me presenté en su oficina, preocupado porque había escrito un libro que quería presentar en ese evento que ya iba a arrancar y para el que todo el mundo me decía que no tenía posibilidades. Le recordé como me miró a los ojos, me apretó las manos y me mandó donde Valentin Amaro —quien ahora ocupa su posición— y en ese momento encargado del Pabellón del Escritor Dominicano. “Dile que dije yo que te abra un espacio para la presentación de tu libro. Jamás se le dice que no a un joven que quiere trabajar”. Sabía que no recordaba nada de eso, pero fue divertido el intento por recordar.  Jorge llegó dos horas después. Es español. Lo trajo Yaniris  o la fuerza de las latinas para atraer hombres de cualquier nacionalidad. Cuando le dije que escribía una crónica mensual sobre mi vida en Madrid, nos contó de escritores españoles que escribían crónicas: Julio Camba, César González Ruano, Josep Pla, Raúl del Pozo, Manuel Vicent (el único del que había leído varias obras), Javier Cercas y Francisco Umbral (su preferido). Hablamos de Pérez-Reverte y  J.J. Benítez (dos de los españoles contemporáneos que admiro) y de nuestros próximos viajes por las ciudades satélites de Madrid.
Hoy empecé a ver algo para lo que me estaba preparando desde que lo oí.  Me monté en el metro a las seis y al salir —cerca de las ocho— pensaba que estaría de noche, pero no. Increíblemente todavía el sol brillaba en el cielo. Entonces recordé algo que me han dicho tanto. “En verano son las diez y todavía está el sol afuera”. Es difícil para un dominicano asimilar del todo esa expresión por mucho que se la digan. Pues allá a las siete de la noche en verano está oscureciendo. Caminé por la calle con una sensación de sueño eterno. Creo que más que caminar flotaba entre los rayos que daban el último abrazo a Madrid.
Los muchachos de Periodismo Digital y Televisivo me han hecho un par de entrevistas esta semana para sus páginas y clases. Es irónico creer que me consideran importante, aun cuando no han leído nada mío. Mejor que nunca lo hagan.
Esta semana —la última de marzo— volví a correr. Me motivó Carolina, su primer nombre es Ana, pero nunca la llamo por él. Le digo Caro. Encontré sus ojos enormes y llenos de vida hace siete años, entre el calor de un aula de la Universidad Autónoma de Santo Domingo. Desde que vine a Madrid había corrido solo una vez —el día de las razas—. Era una maratón intercultural. Fue mi primer encontronazo con países que no tenía ni idea de su existencia. Así que Ana me dio motivos para correr. Me propuso hacer juntos El Camino de Santiago. Me encantó la idea desde que la oí; no por los dos meses de caminata ni porque sea devoto de las penitencias, pero jamás me negaría el privilegio caminar 1000 kilómetros. El hecho de andar por dos meses un camino desconocido, juntándome con personas nuevas cada día y llegar a lugares mágicos por las noches me da agallas para hacerlo. Así que cada noche —generalmente de 23:00 a 1:00 (de 11:00 a  1:00 de la mañana) nos arrojamos contra el remanente de frío.
El martes 29, casi a la una de la mañana, —cuando pasábamos frente al Ejercito del Aire— me di cuenta que no estaba la bicicleta roja.  Le conté mis teorías sobre ella a Caro. Sin dejar de reír empezó  a hablar. “Pertenecía a un miembro de La Cruz Roja a quien llamaron de emergencia hacía unos cuatro meses, para colaborar en Siria  o a un gitano que andaba en ella y decidió drogarse y por no poder manejar la dejó amarrada a la verja. Le tomó cuatro meses hacer memoria de donde la había dejado”me dijo mientras el blanco de sus ojos se perdía detrás de la sonrisa.
Este mes fue genial. A muchos escritores dominicanos les dio por venir a Madrid. Los mejores ratos los pasé en las librerías con ellos, leyendo o escribiendo algo nuevo.
René Peguero Rodriguez trajo sus “Memorias de un anfibio” a que se conservaran en el frío eterno. Lo vi llevarse todo el espacio que pudo en el pensamiento para armarlo allá a su antojo. Me dijo que en unas cuantas noches había podido terminar otra novela. También aprovechaba las noches —después que sus hijas se dormían—.
Este mes algunas amigas dominicanas estuvieron en una feria del libro en Nueva York, dedicada a nuestra Kianny N. Antigua. Alguien que además del arte de la escritura trajo al mundo la genialidad de nacer humana, cosa extraña entre los escritores. Siempre tan cuadrados que para librarlos de una muerte trágica hay que escudarlo bajo la insignia de que así son los artistas. En las fotos vi a Francisca Hernández y Lady Laura Balbi.
Los sábados a la puesta de sol ver las fotos de Vocal y Consonante-Creatividad Literaria, el grupo que se reúne en Güibia —en el malecón de Santo Domingo— me hace atravesar de un salto los casi siete mil kilómetros que nos separan. Algo que debo a Facebook es lo informado que me mantiene sobre la vida literaria en mi país. Por momento tengo la extraña sensación de que aun no me he ido.

 

Este mes conocí a Asmaa. Es egipcia. También musulmana.  Al principio, me llamó la atención el velo, pero  resultó más interesante de lo que esperaba de alguien de una tierra extraña. Es profesora de Español en la Universidad del Cairo, conoce bien la literatura latinoamericana. Su escritor favorito es Borges que, aunque no lo venero tanto —como otros—  lo respeto mucho y amo algunos de sus cuentos y poemas. Encontrarla fue caer dentro del misterioso Nilo. Mil afluentes llenos de sorpresas. El inicio de mi añorado viaje por Egipto. A través de ella  conocí a Amany y Êl Dåly — también musulmanas y profesoras de Español en el Cairo—. Êl Dåly, me sorprendió más de lo que imaginaba al decirme que hacía su tesis de maestría sobre la dictadura de Rafael Leonidas Trujillo y las Hermanas Mirabal. Con todos los recuerdos —amargos y de patriotismo— empecé a creer que echaba raíces en aquella tierra caliente, tan parecida a la mía.

Los giros de la vida son geniales. Ahora aprenderé árabe.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *