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El baile de la carne

Hoy mis ojos estaban como nunca. Me los comí enseguida. Querían escapar como dulces abejas de lejanos palacios.

Me clavaron dos macizas ponzoñas que ahora se infectan con su ausencia.

Hoy mis ojos eran yo y el deseo, el deseo de hundirme en su mirada, de ser succionado por su boca.

Deslicé mis ganas por su pradera, por el talle esbelto de su cuerpo puro, admirable, sublime.  Hoy puedo recordar aquel descenso sublime, una gota evaporada por el fuego de su piel.

La noche fue intensa, cada segundo tenía infinidad de siglos que evolucionaban especies insaciables de placeres. El baile de la carne empezó en sus caderas menudas, sensibles al tacto de los sueños. Nos perdimos en la oscuridad, olvidamos que existían otros universos. Fuimos fantasmas desnudos, de carne crispada, un ser perfecto.

 

Pero la noche terminó al despegarme de tus ojos. Entonces volví a la nada, a beber silencio, a imaginarme tierno tu carácter de roca, a sentir que vivo cuando no te miro…terminó todo cuando Dios dormía.

What eyes

She had the most beautiful eyes that I have seen in the world.
They were very big and black too, like the night.
When she saw me I was petrified, lost in her darkness.
Now, when I’m thinking about her eyes, I can bring all her shape, then walk into them and feel a peace like it came from the heaven.

II

Tonight I don’t want to write, I prefer to think about her eyes. Yes, again I want that. They are all my life. But the big problem is what they never have been put on me. If you can to imagine the beautiful that they are, then you could understand me. For that this night I don’t want to write. I’ll be in my bed recollecting her light. Only

that…

Dos Cartas a Penélope

A Carmen Mueses

Me has pedido una carta y no es precisamente lo que quiero darte. Es más bien un poema sin forma, la marca de Caín, un verbo inferior condenado al papel, un absurdo con arrogancia de exhibir tu sello de mujer.

Aun hay otros delirios, pero esos se me perdonan, como el deseo de tocarte, de tenerte para mí, de deslizar por tu vientre mi mano cabrona y marcarte con mis besos en aquel Getsemaní.

Como te dije, no quisiera estropear mis ideales, marchitar nuestros amores, arrepentirme de mis males. Tampoco robarte la imagen que adoro, el cuerpo flexible, la sonrisa perfecta, los rizos de oro.

También pretendo conocer tus dimensiones, detenerme en cada tramo, alojarme en tus rincones. Sentir que eres parte de mi esqueleto, o dicho de otra forma, que eres la misma vida, la cicatriz que no sana, el cordón de mi amuleto.

Hay tantas cosas que agregarle a estos tormentos, por ejemplo cinco noches de desvelo, una vida sin amor, las relaciones frustradas, los poemas abortados y otros tantos argumentos que mejor prefiero decirte lo que busco de una vez, la razón de esta carta con retraso, las excusas que decía como verdad cada noche para mantenerte atenta o mi corazón al revés, en realidad…no sé.

Carmen, lo mismo debo hablarte de mi corazón temeroso, del miedo a los compromisos, de los asaltos de poetas y mí rebeldía de oso. Del rayo de luz que se filtra a mi mente cada tarde, de los astros de su cielo y su espíritu cobarde.

Del que duerme cada noche entre las sábanas desnudas, de mi yo de Sansón con la lealtad de Judas. Como ves lo que te dejo para nada es una carta, es una simple explicación de una vida leve, el Hombre de hojalata en busca de Oz, una cuartilla de versos aspirando a la gloria, los amores fraguados en mi triste memoria con la dimensión del vasto universo.

El regreso oportuno

Odio tanto la rima que he vuelto a caer en ella
Serán tus ojos discretos o tu forma extraña
Que a mi vida lúgubre como una estrella
Le han devuelto lo perdido esta mañana

Carmen, la Penélope que espera tejiendo vida,
La carta que viene de la terrible odisea
Sabiendo que en ella encontrarás la salida
Que tu alma impaciente con ansia desea

No olvides que eres la paz del esposo
El canto que pudo librarlo de la muerte
Su cielo, su gloria, su alegría, su gozo
El tesoro que tiene sin que pueda perderte

Calma tu ímpetu, el viaje ya acaba
Ahí viene el poeta en su barca gloriosa
El hombre de guerra, el héroe de Ilíada
De cuerpo de bronce y corazón de rosa

Mi padre vendrá, te decía cada noche,
El niño durmiente al que acariciaban tus brazos
Llegará de sorpresa sin caballo ni coche
Sin que pueda tu alma discernir sus pasos

Entonces seremos los mismos de antes
Un hogar dichoso, una familia tranquila
El cuerpo formado por los jóvenes amantes
A quienes el dios de la guerra ya no los vigila

Me darás un beso que escriba el futuro
Un puente que llegue de la tierra al cielo
Y yo en tus labios probaré seguro
La miel de la vida, el amor que anhelo.dos

Cortas memorias de un viaje largo

Caminar desde Santiago hasta la capital es algo que no debería hacerse si no hay en la conciencia algo tan digno del sacrificio humano como la Educación. 

Nos tendimos por la carretera como un tiro de escopeta que resonaría a más de 160 kilómetros, y Santiago con su monumento erecto, igual a la testarudez de Febrillet, quedó atrás.

A la salida todo era genial. Las batas blancas de los estudiantes de medicina y la bulla de los que gritaban consignas hacían de la marcha un hospital móvil. “Aleeerta”, coreábamos, y las voces se iban en una ola repetitiva que explotaba “alerta, alerta, alerta que camina, la lucha estudiantil por América Latina”  Los carros al pasar nos animaban con sus bocinas, y el pito al parecer ensayado se aunaba a nuestras voces “Y dile que sí que vamos a llegar” “Y dile que sí que vamos a llegar, porque tamo armao, armao de valor”, respondíamos.

Ni el cielo permaneció indiferente a nuestra entrega, su concha azul derramó una mezcla de baba y lágrimas que nos protegió de la insolación.

Después de un día de camino estábamos agotados, pero una camioneta salida de la nada (como todo milagro) nos elevó la autoestima con la canción Que Vivan los Estudiantes. En La Vega  las barbas de Rogelio Cruz (El padre) nos esperó con un locrio hecho con más devoción que ingredientes.

El segundo día el asunto era fácil; a las seis en pie y a caminar hasta que los pies aguanten. Salvo las interferencias de la prensa y algunas paradas obligatorias cuando los pies cansados de comer asfalto querían respirar no paramos hasta dejar nuestros cuerpos deshechos sobre el mármol blanco del CURNE, en Bonao.

El frío esa noche hizo de masajista y nos ayudó a estar en pie a las cinco treinta. Tomé la Bandera Nacional que colgaba sobre un tubo y con fuerza extraída de los huesos  la empujé hasta Villa Altagracia.

Ya el tercer día parecía como si Febrillet, nuestro “magnifico Rector” hubiera orado a todos sus diablos para que nos impidieran la llegada a la capital, pues la tormenta Sandy que por suerte pasaba por el país, no como él que tenía dos años desbastándonos, descargó un diluvio congelado sobre nuestras costillas demacradas. Pero cuando las gotas clavaban nuestras espaldas las removíamos con valentía cantando “Vamos a llegar dile que si”. Esa tercera jornada fue la más larga. Abusamos de nuestros cuerpos jóvenes y fuimos a caer rendidos en el puesto de la Cruz Roja, en el peaje, más de sesenta kilómetros pisoteados con unos pies destrozados por la humedad y la fatiga.

El Complejo B sirvió de estimulante a algunos de los muchachos. Yo, sin embargo, alivié el cansancio con un pica pollo y unos vasos de trigo con leche que remojé en pan.

Lo más la trayectoria fue que desaparecieron las diferencias y sólo había una meta en común; llegar, no importaba cuanto nos costara, pero llegar caminando, con nuestro honor al hombro. Exhibiendo eso de lo que carecía el “magnifico”.

En el camino no hubo Ángel, Roberto, Rafelito, Rafael, Saulo,…Deivi, Suleica…éramos Yo camino por mi UASD, una conciencia colectiva como la que deseamos en la sociedad.

Por fin amaneció el jueves y además del dolor físico nos separaban de la UASD unos veintiocho kilómetros que a medida que fueron avanzando nuestros portentosos pies sobre la llaga sangrante del día se hacían interminables. Cuando los habíamos reducido a nueve se nos unió un grupo grande a darnos la bienvenida. Los que nos habíamos mantenidos firmes durante todo el camino seguimos al frente y oíamos a los otros vitorearnos como al pequeño ejército que acaba de ganar la batalla.

Como esperábamos el “magnifico” no nos recibió ni mucho menos se tomó la molestia de enviar a recibirnos, como hubiera hecho cualquier patán con algo de educación. A él le pagan para que dirija un puñado de vacas que jamás osan llevarle la contraria ni decir ante una decisión tomada por su infalible cerebro, ésta bocha es mía, no a un grupo de espíritus superiores abandonados por una sociedad mediocre.

Por eso puso a la seguridad a que nos recibiera. Y de hecho por una vez en su vida el tarado actuó como el Rector, pues se dio cuenta que un montón de animales tienen más capacidad para tomar decisiones acertadas que él.

Lo terrible fue que a todos les pareció bien que cerrara la universidad cuando las otras estaban abiertas, bajo el alegato mentiroso de que había un ciclón. Tampoco nadie dijo nada porque esa noche el traidor de la Patria durmió en su cama de lujo, mientras el futuro del país estrujaba las costillas deshechas en el charco de agua que se acumula frente a la Primada de América.