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Aún sin noticias de Gurb

A Vladimir Tatis, por los libros prestados que regresan. 

Vine a Barcelona a buscar a Gurb. La última vez que supimos algo suyo vivía aquí bajo la apariencia del ser humano denominado Marta Sánchez. Al parecer el nombre es común entre las formas de vida (reales y potenciales) de la zona o viceversa (también podría ser mi acento), porque a todo el que pregunto donde puedo encontrarlo se ríe.  Aterrizaje normal en las inmediaciones. Para llamar la atención esta vez tomo la forma de un estudiante dominicano con el nombre ridículo de Rodolfo Báez. También abandono la nave por la escotilla 4 (superstición).

Día 1

16:01  (hora local) Jonathan (sobrino de Rodolfo) viene a recogerme en la estación del Sants. Al principio nos confundimos un poco, pues el montón de humanos que se apilan o carretean maletas por los pasillos es insoportable, pero después de unos cinco minutos de teclear por el WhatsApp logro encontrar su pajón rizado entre la muchedumbre.

17:00  Montado en un tren —al lado de Jonathan— observo a dos rubias en el asiento de enfrente hablar en catalán. Se ríen y me miran. No entiendo mucho, pero sé que coquetean conmigo. No les hago caso. La misión es “encontrar a Gurb“.

17:15  Recibo un mensaje por WhatsApp de Michael y Henry, dos compañeros de Rodolfo (también dominicanos) que están en Barcelona. Me invitan a una playa nudista. Tengo deseos de parar el tren y mandar a Gurb a la mierda. Les respondo que estoy camino a Vic y que por lo menos me falta una hora para llegar. Me devuelven que está bien, que piensan ir a Francia al día siguiente por si los quiero acompañar. Para salir del paso les digo que sí.

17:20  Las chicas de enfrente se besan en la boca y tienen las piernas entrecruzadas. Me levanto del asiento y camino hacia el cuartito que dice baño. No sé lo que se hace allí. Veo que muchos humanos entran, cierran la puerta y se quedan un par de minutos (algunos duran más que otros). Cuando salen —generalmente— se aprietan el cinturón, se secan las manos o se tocan las bolas. Como el movimiento del tren es insoportable ahí adentro aprovecho para vomitar. Para que no sospechen nada salgo tocándome las bolas, parece menos complicado.

18:48  El tren se detiene. Vic es una estación vieja y algo extraña con un olor a granja que pica en la nariz. Memorizo cada cosa para cuando venga solo. Subo por las escaleras normales, aunque llevo una maleta. No me gustan los tumultos. Los humanos se van todos por las eléctricas. Por eso engordan tanto, no por la comida, como les he oído decir.

18:50  Está lloviendo. Hay mucha gente dentro de la estación. No sé porque no les gusta mojarse cuando llueve y sin embargo tienen una costumbre ridícula de meterse en la ducha a mojarse con unas chispitas de agua.

19:00   Casi ha pasado la lluvia. Salimos. (Nota “Encima de la estación hay un hotel. Probablemente Gurb está viviendo en uno. Volveré a investigar“).

19:15  Mi hermana Negra y su esposo Neno (sobrenombres) están trabajando.

21:11  Jonathan y Lupe (su mujer) me llevan a un comedor chino. No entiendo por qué los hombres hacen diferencias al nombrar a su compañera. Unos la llaman mujer, otros esposas. (Nota “Averiguar sobre eso después“). Hay letreros en mandarín en las paredes del comedor. Como venía a Europa no me preocupé por ese idioma que a primera vista (también a última) se ve complicado.

02:00 Empiezo a ver “La niebla“, la película sobre la novela de Stephen King. Cuando el sueño me vence salen unos tentáculos asquerosos de entre la niebla. No lo soporto y muero en el sofá.

Día 2

9:00  Resucito a la misma hora cada día. Para que no vayan a hablar hago el ritual estúpido de meterme al baño unos quince minutos (creo que exagero con el tiempo). Como no sé que hacer me pego a la pared con las piernas hacia arriba y la cabeza apoyada en el piso. Es un ejercicio de relajación interplanetario que funciona de mil maravillas. A veces me quedo dormido. En ese caso lo interrumpo cuando algún desesperado toca la puerta.

10:21  Salgo a buscar rastros de Gurb en Vic. Es un pueblo extraño. Con calles de piedras muy estrechas con espejos ovales en las esquinas para que los peatones y carros vean a quien se aproximan por el callejón contiguo.

10:30  Me llama la atención la iglesia. Su campanario es más alto que todos los edificios que la rodean. Si en algún momento Gurb estuvo aquí subió a él, si aún tenía deseos de contactarnos. Arriba de la iglesia hay una cruz de unos dos metros de altura. Entro por la Porta Santa. El interior es como todas las iglesias, oscuro y vacío. Camino hasta las escaleras que deben llevarme al campanario. Una anciana (sin hábito) me sale al encuentro y me dice algo que no entiendo. Dada mi dificultad con el catalán me habla en español. Entonces acuerdo pagarle dos euros para terminar el recorrido. Por primera vez me siento estafado en nombre de Dios. Tomo la escalera hacia la cripta (me lo indica la señora). Abajo hay algunos sarcófagos. Sacófag de Bernat Despujol. (Segles XIV-XV) Canonge sacrista, donant del retaule major. Declino la inspección. Gurb no está muerto y si lo tuviera no lo encontraría aquí. Tomo las escaleras contrarias y salgo de la cripta. Me doy cuenta que el camino comprado con los dos euros terminó. Otra vez la sensación de estafa. Le pregunto a la señora si puedo subir al campanario. Me dice que va a preguntar. Se ausenta unos minutos, pero conozco la respuesta. Cuando vuelve contesta que lo siente, que no es posible. Pregunto si puedo subir a mirar las pinturas detrás del altar. La misma respuesta.

El órgano, en un tipo de balcón —como todos los órganos de estos templos— es inmenso. Demasiado grande. Detrás de él unas pinturas que tampoco puedo ver bien me recuerdan al macho cabrio que corría tan deprisa que sus pies no tocaban tierra. No pregunto si puedo subir porque sé la respuesta. En la iglesia no hay rastros de Gurb. El campanario es un misterio.

11:00  Salgo de la iglesia y encuentro otro edificio curioso, Museu Episcopal. Si Gurb estuvo aquí debió entrar. Es una biblioteca y en esos edificios se guarda mucha información (la mayoría falsa) sobre los humanos. Pero, como es domingo, está cerrado. Quería revisar la lista de asistencia. La pediría para inscribirme y aprovechando que me atendería una anciana la revisaría. Además soy turista. Nos aceptan casi todo.

11:12  Subo por la calle San Miguel, en dirección al Templo Romano, que también está cerrado. Me conformo con algunas fotos y ocultarles la cara a las turistas que beben cervezas en las mesas frente al templo y no dejan de mirarme. Decido volver, pues el sol y la mala suerte me torturan. Pero antes divago un poco por el camino que las flechas marcan como “Ruta turística“. En la tarde iré a Barcelona. Quedé de encontrarme allá con Mía (amiga de Rodolfo). Vive en Barcelona desde hace once años, quizás tenga noticias de Gurb.

16:00  En el tren a Barcelona aprovecho para leer “The Frankenstein Omnibus“. Encuentro una descripción sobre Gurg. “Desde que he estado aquí te he visto transmitiendo mensajes a través del espacio sin ningún cable. ¿Es posible que la electricidad sola pueda transmitir sus mensajes a distancias y alturas sin limites, así como han establecido contactos en estas distancias? ¿Cómo puede hacerse eso?“ Al final la descarto. Es absurdo que se haya escrito algo sobre Gurg hace 200 años.

16:33  Me quedo dormido.

17:08  Despierto porque un perro enorme —de un sujeto barbudo que se sentó al frente— lame la baba que cae de mi boca. El tipo se ríe; yo también (en una hora su perro estará muerto).

17:30  Espero a Mía en Plaza Cataluña.

18:30  Veo como las palomas se comen el maíz que les ponen los turistas para hacerse fotos y se cagan sobre el que pasa debajo de los árboles manchados de mierda. Aún espero a Mía.

18:35  Alguien que pasa cerca me dice que eso está prohibido (alimentar a las palomas). No entiendo por qué, pero le digo que sí (Nota “Preguntar después”). Me caen bien las palomas ¿Será porque ellas y yo somos los únicos negros en este mar de leche?

18:44   Sentado en las escalerillas que rodean una de las fuentes veo a las palomas beber agua.

18:52  Como un rayo de Zeus cae una gaviota del cielo y clava su pico en el cuello de una paloma a la que arrastra por dentro de la fuente. La paloma se ahoga, no sabe si por el agua o porque el filo de la gaviota le corta la vida. En pocos segundos deja de moverse y el pico de acero empieza a enterrarse en su cuerpo.

18:53  Solo queda un montón de plumas sobre la orilla de la fuente. Voy a vomitar.  Me alejo de allí.

19:15  Camino por la plaza (cuidándome de las gaviotas) para ver si encuentro rastro de Gurb.

20:00  Aún sin noticias de Gurb. Mía escribió: “Llego sobre las nueve“.

20:35  Nada sugiere que Gurg ha estado aquí, pero sé que sí. El cabrón me la pone difícil. No se puede estar en Barcelona sin visitar este lugar.

21:00  Aún sin noticias de Gurb.

21:20  Mía está saliendo del metro. Aún sin noticias de Gurb.

21:25  Llega Mía. Es bella. Las fotos no son justas. Es rubia. Tiene una sonrisa clavada en los labios y un caminar rítmico que hace a los ojos seguirla por donde quiera como perritos saltarines.

21:30  Mía me cuenta que conoció a Rodolfo en una fiesta. “Nada importante, mis ojos verdes le saltaron encima como dos sapos“, dice muerta de risa.

21:40  Caminamos por la Rambla donde aprovecho para presumir lo que me enseñaron antes del viaje. Alabo las arquitectura de Gaudí, Domènech y Montaner. Es divertido hacerte pasar por otro y que te lo crean. Pienso que la culpa de que los humanos se engañen con tanta felicidad es del aparato llamado televisión, que desde mi punto de vista no tiene uso racional, pero no le digo eso a Mía.

22:00  Llegamos al Portal de la Paz donde está el Monumento a Colón. Me maravilla su altura y la cantidad de metal empleado en su construcción. Por un momento vuelvo a pensar en Gurb, pero el pensamiento se va con la brisa que se cuela por la falda de Mía.

22:10  Hacemos fotos y aprovecho para agarrarme a la cintura de Mía. Sus ojos, cabello y sonrisa van manchándome la piel. Otra vez quiero vomitar (tampoco le digo).

22:15  Caminamos al muelle. Quiero sentarme a ver el mar. En mi planeta no hay. Me asustaban las gaviotas a pocos metros de nosotros (tampoco digo nada). Hablamos por mucho rato no sé de qué. Algo extraño sucede. El mar se ha perdido. Cuando miro a Mía para pedirle una explicación la tiene en los ojos. Solo ahora envidio al ser humano llamado Rodolfo Báez. ¿Y si le digo que pudiera quedarme allí toda la vida, qué por ella y aquella ciudad mandaría la misión al diablo? Creo que no sabría de qué hablo, porque su corazón es una bola de fuego que incendia el universo. Me asusto. Probablemente he empezado a ponerme verde.

23:15  Regreso a Vic con los labios bañados de recuerdos. Volveré a Barcelona todos los días. A Gurb que se cuide.

00:09  Jonathan me presenta dos amigos; Mijares y Arlan. Mijares es dominicano, Arlan de Colombia. Cuando llegamos estaban sentados sobre una tarima de madera al lado de la calle El Paseo. Mientras beben cervezas hablamos de viajes, comida, familia y esas estupideces que forman el vocabulario humano. Mijares quiere ir a Japón. Está enamorado de su cultura. Me cuenta sobre los hoteles cápsulas y su deseo de quedarse en uno. También iré a Japón. Será el próximo año. Arlan lleva el pelo largo amarrado en un moño para nada femenino. Nos lo pasamos de una forma que los españoles denominan “de puta madre”.

03:00  Escribo en la libreta el reporte del día. Decido no enviarlo al Consejo.  Arranco las páginas.

Día 3

Estoy con Mía en Barcelona. Aún sin noticias de Gurb.

Día 4

De nuevo en Barcelona. Aún sin noticias de Gurb.

Día 5

Otra vez en Barcelona. Aún sin noticias de Gurb.

Día 6

También Barcelona. Aún sin noticias de Gurb.

Día 7

Barcelona. Aún sin noticias de Gurb.

Día 8

16:00  De nuevo en el tren (Jonathan y yo). /Ahora rumbo a Barcelona. Mañana tengo un vuelo a Suiza. La misión fue abortada.

16:45  Nos bajamos en plaza Cataluña y divagamos por las calles agobiadas de turistas. A veces se nos van los ojos detrás de algunas piernas, pero son tantas y corren tan deprisa que nos dejan un vacío en el pecho como cuando sales de la zona de gravedad de un planeta.

17:15  Como por ahora no tenemos qué hacer (Mía saldrá a las nueve del trabajo) preguntamos a un policía como llegar caminando hasta la Sagrada Familia. “Son unos treinta minutillos“, contesta con esa peculiaridad de los españoles al formar el diminutivo. Nos extiende un mapa sobre el que hace unas marcas azules y nos sumergimos en el río de cuerpos.

16:08  Somos dos mierditas negras haciéndonos fotos frente al universo expiatorio de Antonio Gaudí. En ninguna de las fotos salimos solos. Los turistas son una peste. Gurb estuvo aquí. Nadie se va de Barcelona sin visitar la Sagrada Familia. Un letrero nos indica el camino a la boletería (hay que comprar un ticket para entrar).

16:20  Abandonamos la fila de los tickets. Nos espanta pagar tanto por entrar a una iglesia.

16:28  En lugar del pan espiritual entramos al McDonald’s frente a la Sagrada Familia. Un trabajador de piel morena —igual que la nuestra— no para de mirarme. Siempre que va a algún lado nuestros ojos tropiezan. Hay algo extraño en su mirada. Para no levantar sospecha, hago lo que cualquier humano haría en mi circunstancia. Me le acerco y le pregunto donde está el baño (siempre digo baño, nunca servicio). Nos miramos a los ojos. Con una mano me indica el pasillo a la derecha. (Nota “Investigar porque los baños siempre están en el pasillo a la derecha“).

16:30  Salgo del baño. Le hablo al sujeto. Se llama Junior y es dominicano. “De Santo Domingo, del ensanche la Fe“, dice con ese hablar atropellado de los dominicanos que tanto me cuesta imitar. Al final resultamos vecinos (Rodolfo vivía allá).

16:40   Compramos hamburguesas de pollo con una bebida que me saca truenos del estomago.

17:07   Nos montamos en el metro para estar más cerca de donde Mía trabaja. Tomamos el equivocado.

21:34  Llega Mía. Nos damos un beso. Le presento a Jonathan.

21:50  Cogemos el tren a la playa. Otra vez el equivocado.

22:51  La arena entra por mi sandalias. Mía agarra sus zapatos en las manos. Jonathan  (cargando mi maleta) va unos pasos adelante. No hay mucha gente en la playa. Algunos humanos hacen el amor dentro del agua y en la arena. Fingimos que no los vemos. Nos sentamos en un lugar apartado y oscuro.

23:17  Un chico y una chica riéndose vienen hacia nosotros. Nos saludamos. La chica está muy ebria. Se tira en la arena sin dejar de reír. “/He me he metío mucha maría hoy. Me dio fuerte“, dice como si hablara de comida. Vuelve a reír. Sin saber por qué hacemos un circulo y decimos nuestros nombres (ya no recuerdo como se llamaban). El recuerdo más agradable que tengo suyo es cuando se iban; el chico levantando a la novia de la arena a cada paso y su insistencia de que no debía manejar, mientras ella repetía que sí manejaría, que estaba bien (la noche siguiente soñé con dos cadáveres dentro de un carro destrozado en la autopista).

00:05  Pongo música. Mía y Jonathan van por cerveza s. Solo tomo cervezas sin alcohol, pero esta noche no quiero. Jonathan había comprado picaderas y preparado sandwiches. “Los suyos son los que no tienen jamón. Están en la bolsa verde“, dijo en la casa mientras los hacía.

00:18  Mía y Jonathan vuelven. Nos tiramos en la arena; Mía en mis brazos, Jonathan debajo de la toalla. Creamos el universo con tierra y viento. Todo vuela sobre las espumas de las olas.

04:50  La alarma despega a Mía, que se había enroscado en mi pecho, del sueño. Aunque odio el agua voy a la ducha y me quito la arena metida por todas partes. La misión fue abortada, así que  aprovecharé los viajes para algo útil. Como tendré que vivir de algo y los trabajos humanos son tan patéticos me decido por el menos lucrativo. La desventaja de ser escritor es que termina creciéndote la barriga y probablemente hasta mueres diabético o de un infarto. Como Rodolfo Báez sería un escritor muy malo, adopto el nombre de Eduardo Mendoza. Quizás algún día Gurb lea algo mío…

07:30  Tomo un avión a Suiza.

¿Crónicas madrileñas 5? Final

“Dejé Madrid porque su mundo tan variable se me metía en el alma. Quise traerme sus cambios, nostalgias, desvelos y placeres, pero no cabían en el avión“. 
La tarde del 30 de junio empezaron a morirse mis dioses madrileños. El primero cayó en cámara lenta, como si otro más poderoso se negara a dejarlo ir. Se llamaba Maria José —como todas las madrileñas—. Se llevó su sonrisa fina que le salía por el vacío de los dientes afilados. Apenas dijo adiós. “Nadie busca acotejos para morirse“, solía decir mamá.
Mis ojos se les lanzaron detrás , como si quisieran justificar el hecho de no haberla perseguido por dondequiera. Estuvo tres minutos pegada al cristal de la puerta, mientras dejaba caer el río de sus ojos sobre mi piel bronceada que empezó a sudar. Fue todo. Después seguimos cada quien de su lado.
Durante los nueve meses que viví en el Guadalupe nuestros ojos y sonrisas apenas coincidieron en los largos pasillos o el comedor, pero esos chispazos fueron suficientes para darme cuenta que cuando se fuera empezarían a caerse mis ilusiones. Aunque esta no era la primera despedida. Un mes antes —más o menos— se despidieron Andrea y Patricia; dos fuerzas extrañas que también me ayudaron a resistir el canto embrujado de este mar de leche. Andrea fue la primera. Una tarde, cuando llegaba al colegio,  me acercó sus mejillas sonrosadas. Entre risas y sudores quedamos de encontrarnos en Madrid para tomar algo (ambos sabíamos que jamás pasaría), pero hay que dejar alguna esperanza cuando nos vamos. Patricia salió una mañana hacia Perú, donde serviría tres meses como voluntaria. Nos dimos un abrazo de esos donde el alma se extravía y no sabe hacia donde coger en el pequeñísimo instante de la cortesía.

Desde entonces —siempre que me junto con Iago— busco un pretexto para hablar de María José. Esta mañana vino a traerme unos libros y a llevarme a conocer algunas librerías. Cuando vio su nombre en el texto lleno de marcas rojas que se desangraba sobre la mesa me acorraló ¿Sabías que quiere ser reportera de guerra? Al escucharlo, los  ojos se me volvieron mierda. Me la imaginé con sus facciones indigenas (que me encantan, tal vez porque en ellas late la vena rota de América) luchando en las trincheras por salvarse el pellejo o hacer una foto. Le escribí un mensaje donde le contaba mi afición por Arturo Perez-Reverte, sus reportajes de guerra y las huellas que esos veintitrés años en los países orientales dejaron en sus novelas.
Más atrás —a final de abril y principio de mayo— me embrujó la 75° Feria del Libro. Me la metí por la piel, como todas las ferias del libro. Cada día me zambullía entre los matices que deambulaban sus calles. Me daba una envidia del diablo ver a los cazadores de conocimiento con ese afán desmedido por los libros. “Igualito que en mi país“, pensaba para no morirme de pena.
Debí sentirme orgulloso porque por primera vez la República Dominicana tuvo su stand en la Feria de Libro de Madrid. Pero cuando llevé a Iago para recomendarle nuestros narradores fundamentales y contemporáneos, me quise morir. ¿Para qué carajo tomarse la molestia de montar un stand si en él no estará la mejor literatura del país?
Lo único potable que encontramos fue un ejemplar de “La manía de narrar“, de Efraim Castillo, y algunas revistas de la Fundación Global. Lo otro —incluyendo a quienes estaban en el stand— no tenían idea de nuestra tradición literaria. ¿Cómo es posible que la representación del país en una feria del libro tan importante sea el Misterio de Turismo cuando tenemos un Ministerio de Cultura? Como diría Sancho “Vamos a llamar al pan pan y al vino vino que sino los perros seguirán hablando“. 

Sin embargo, una iniciativa maravillosa, que sí representó el lado cultural dominicano —aunque de forma tan anónima que partía el pecho— fue la de la Asociacion Cultural y de Cooperacion al Desarrollo Biblioteca República Dominicana (Acudebi). Con Daniel Tejada a la cabeza y a bolsillo récord, bajo el sello de Solenodonte Editorial,  Acudebi, publicó una colección de nuestros autores residentes en España. Aunque poco sazonada una vez más se demostró que en nuestro país la única vía que tenemos los escritores es la autopublicación. ¿Cuáles criterios priman en un ministerio que lleva su stand a la feria del libro de un país y sabe que en él hay un grupo de escritores autogestionándose una labor literaria admirable, con obras para publicar, y no le hacen una maldita publicación? Como si fuera un favor.
En mis viajes diarios a la feria me acompaña la guitarra, pues algún poeta me pedía que le cantara sus gritos que previamente había musicalizado. Si no era el caso lo hacía al vapor. Cuando no andaba con la morena en la espalda iba con el Ipad entre los sobacos para leer mis nostalgias. En las dos semanas de feria no se me escapó nada. El mundo era un librito que debía memorizar sin saltarme páginas. El miércoles 4 de mayo mi cuerpo —algo inclinado— figuró en el mural de EL PAÍS bajo el título “Celebración de la cultura y la lectura en el estand de EL PAÍS en la Feria del Libro“. Esa tarde, en la tarima del periódico, leí el poema Madrid, premiado con algunos aplausos, felicitaciones, números  telefónicos y correos —anotados en papel— que no contacté. El día 8, después de cantar la canción “Sin tu latido“, en una actividad poética,  escuché por los altavoces que Luis Eduardo Aute firmaba libros en una caseta.
Escasamente creo en mi estrella. Me hago un gusanillo y me escurro entre la gente. Llego a donde las canas y los años no logran minimizar la grandeza del poeta. Espero a que cinco o seis personas que estaban al frente terminen sus selfies y elogios. La misma estrella me ilumina,  no hay nadie detrás, así que mis palabras sin freno ahogan al cantautor. Le digo que soy loco con sus canciones, pero —como es natural— no me cree.
Oh, sí. Me las sé casi todas y las canto mucho. Ahora vengo de cantar una.
¿Sí, cuál?
“Hay algunos que deciden que todos los caminos conducen a Roma y es verdad porque el mío me llevaba cada noche al hecho que te nombra…“, tarareo. Me tiembla la voz.
Vaya, sí eres mi admirador. Esa canción no la sabe mucha gente, dice y lo afirma con el abrazo que el mostrador del stand le permite.
Compro EL SEXtO ANIMAL y en la dedicatoria a aprisiona nuestro abrazo. Aute, también es pintor, por eso su mano tatúa nuestras sonrisas sobre la página.
Quince minutos después terminamos el encuentro. De inmediato envío las fotos y selfies a Facebook para alardear mi dicha. Por muchos días no se borra de mis oídos la promesa de que vendría a República Dominicana si el Ministerio de Cultura lo invita.
El 23 de junio, presentamos el Trabajo de Fin de Master (TFM). Plátano Power —un superhéroe dominicano que voló de mi cabeza en una lluvia de ideas— tendría que defender ante un jurado de Globomedia su plaza en el Séptimo Arte. Plátano Power como idea nos gustó a todos, aunque en general no quedamos conformes con lo rodado en Madrid. Mi guion no fue interpretado como lo pensé. ¿Ego de autor? A pesar del pesimismo, la valoración del jurado fue positiva. Así terminaron las clases en el Madrid del 2015-2016. Ahora podría dedicarme a conocer Europa. Meses antes había mandado —mediante mi hermanito Luís (nunca dejo de llamarlo hermanito, a pesar de que ahora es más grande que yo) y Melania, su esposa— un par de cuentos a concursos en República Dominicana. Gané tres de ellos, así que aproveché el dinero para expandir mi cultura. El 30 de junio salí en Blablacar hacía Barcelona.
El verano europeo es extraño mientras en Madrid —con temperatura sobre 40°— el Sol parece estar sobre tu cabeza, en Suiza llueve por una semana y la temperatura es inferior a 15°. No obstante aproveché la oportunidad para probar esta diversidad climatológica y dejar que mis ojos se expandan por la inmensidad de la pequeña Europa.
Después de andar parte de Barcelona, Suiza, Alemania, Italia y París regresé a Madrid. Alquilé una habitación en Callao.  Por mes y medio nadé en el corazón de la capital española. Saldría a República Dominicana el 25 de agosto. El 19 dejé mis libros donde Carolina.  Me recogió en casa, compramos Llao llao, un helado maravilloso, y comida china (sin saber como esto se había vuelto una adicción). Metimos los libros en una maleta y el carrito de la compra —típico de la cultura española— que llevó para facilitar su transporte y salimos para su casa en Ciudad de los Ángeles. Mientras la miraba —sentada en el asiento del frente del Metro— imaginé que también nosotros éramos un tren que viajábamos a ningún lado. Como nuestras vidas, los vagones se movían, pero no parecíamos darnos cuenta.
Reviví Matrix. Estábamos atrapados en aquel tren por la eternidad. La sensación de vacío cristalizado arropó Europa. Lo más terrible era que esa carencia no la llenaría el regreso a República Dominicana,  tampoco quedarme en España (como hicieron algunos). El mío era el infierno de las personas sin patria. Irme deshaciendo de los recuerdos y pedazos de gente que se me enganchan en todas partes.
Carolina —que seguía en el asiento del frente— también lloraba. Lloraba porque me iba, porque ella se quedaba, por los que nunca han viajado, por los muertos, los vivos, por lo que nunca fue, pero que existe tanto…  Durante el camino no dijimos nada, tampoco hacía falta.
Nuestras vidas tan distantes y unidas por el azar se separaban por segunda vez. La primera fue cuando acabamos periodismo en nuestra universidad autónoma.
En la casa duramos lo suficiente para colocar los libros en su ropero.
Los libros pesan menos en la cabeza, me dijo cuando salía del edificio. No sé si bromeaba por mi poco peso corporal o si hablaba de otra cosa.
De eso estoy seguro, le contesté sin atreverme a mirarla a los ojos.
Empecé a caminar y no volví la mirada. Dejaba atrás una historia sin vida que empezó a derrumbarse  con cada paso.
Hay quienes piensan que lo más difícil de mudarse es despedirse, para mí es deshacerme de los libros que se me multiplican como células malignas.
Esa misma noche volví a Barcelona. Ahora solo iba por tres días. Viajaría en autobús —ocho horas de ida y ocho de vuelta— para darle un abrazo a mi hermana Danila (Negra)  Jonathan, su hijo, Neno, el cuñado, Guadalupe, la nuera, y el encanto de la casa, Nathali, un angelito que no sabía si era de los padres o de los abuelos.
El 25 de agosto —de camino al aeropuerto— sentía que España se deslizaba debajo del tren como el dueño de casa que ha tenido una visita por todo un año. Meses que me habían mostrado lo mejor y lo peor de aquel país donde las culturas hierven en el ajetreo. Sabina me susurraba poemas en el oído para hacer menos triste el despego. Iba a extrañar el Sol durmiéndose a medianoche, andar en las calles sin miedo, la diversidad de idiomas, los libros comprados por kilos, los artistas callejeros… Tal vez hasta salir en invierno con tanta ropa que por momentos pensaba que no era yo al que veían, sino a la ropa.
Desde el tren todo se iba tan deprisa que nadie creería el proceso criminalmente lento que devoraba mi interior. Bastó un año para edificar ese castillo de sueños que desde entonces tendría otros colores, más lluvia (en Madrid casi nunca llueve) menos trenes… ¿Qué sería de mí sin el eterno olor a nicotina y la inspección constante de los ojos verdes en los vagones?
Devoré a Madrid con mi capricho. Parecía ayer la tarde en que entré por las puertas enormes del Barajas. Ahora en lugar de Jonathan Gómez me acompañaba Iago. Iago París “Como la ciudad“, me dijo un año después de tomar clases conmigo, cuando le pregunté su apellido. En realidad no me importaba ese detalle. Era el corazón de mis Clases de Escritura Creativa en Madrid. Es curioso, al llegar me recibió un estudiante, ahora despedía otro. Iago llevaba una maleta y la guitarra. Caminaba a unos cinco pasos de mí. Sabía que no debía interrumpir lo que sucedía en algún lugar de mi alma. Se puso un polo y el sombrero que le regalé. Me sentía orgulloso. “Eres mi apéndice literario que seguiría extendiéndose en esta tierra desértica“, le dije en algún momento del viaje. Días antes me había mostrado —con orgullo— su carta de admisión en la Maestría de Escritura Creativa del Hotel Kafka.
¿Si todo era tan bello por qué volviste? me preguntó Melania un mes después mientras ordenaba mis recuerdos.
Dejé Madrid porque su mundo tan variable se me metía en el alma. Quise traerme sus cambios, nostalgias, desvelos y placeres, pero no cabían en el avión,me defendí y volví  al Caribe, donde el avión flotaba, loco por vomitar el buche rancio de turistas que anhelaba tenderse en la arena para leer sus inolvidables libros y tragarse el sol que tratarían de retener en su piel por un año.
Yo, en cambio, era un nudo de nostalgia que seguía caminando Callao, Sol, El Retiro, Plaza de España, Templo de Ebbo, Moncloa, Princesa, Gran Vía… Una sombra que se difuminaba en Madrid.
Sobre el mar sediento las islas verdes nos esperaban. Las pocas nubes que manchaban el día más largo de mi vida (salí de Madrid a las tres de las tarde del 25 de agosto y después de volar ocho horas llegaría a República Dominicana a las cinco cuarenta del mismo 25 de agosto). Otra vez la ciencia ficción. El viajero del tiempo. El hombre del futuro, como bromeaba con mis amigos dominicanos mientras vivía en Madrid. Haciendo referencia a que vivía seis horas por delante de ellos.
En los pasillos del avión nos apilábamos en grupos. Algunos bebían cervezas, otros jugaban cartas, conversaban, hacían filas en los baños…
Yo abrazaba a la soledad; la novia que no quiso devolverse con Jheanine del Barajas. Odia que ande solo. A veces sufro al pensar que puedo amarla. Sabina y ella son igualitos. Su vocecita ronca pisaba cristales de bohemia en Praga cuando el ruido de los neumáticos sobre el asfalto en Punta Cana señaló el final.

Crónicas madrileñas 4

Siempre he creído que la muerte es eso, una gran pausa literaria“. 

Descubrimos el misterio de la bicicleta roja una mañana cualquiera de nuestro quinto mes en Madrid ¿Cuánto tiempo llevaba allí? ¿A quién había pertenecido? Todos coincidimos en que en octubre ya estaba ahí. El Cabrón o cualquiera de los otros —no recuerdo, como siempre me pasa— hizo un comentario sobre la bicicleta que alguien dejaba amarrada a una verja cerca de la estación del Metro de Moncloa, frente al Ejercito del Aire.  Durante esa semana y la siguiente la vimos cada día.  Comenzó a parecernos extraño que siempre estuviera en el mismo lugar y en la misma posición. “Sabremos si en verdad el dueño viene en ella al metro o si está abandonada”, dije una tarde, cuando regresábamos de la universidad. La tumbé,  para comprobar si al otro día estaría así. La mañana siguiente estaba igual. Empezamos a conjeturar hipótesis; el dueño era un indocumentado que salió y lo deportaron sin darle oportunidad de volver por su bici, lo había arrollado algún autobús o simplemente vino hasta el metro en su bicicleta y se suicidó lanzándose delante de una de sus unidades. Era asombroso que llevara tanto tiempo amarrada frente al cuartel de la policía que tanto admiraba. “Policía Aérea” se lee en sus uniformes. Las mujeres de sus brigadas son tan bellas que se puede pensar —perfectamente— que fueron creadas para vigilar los cielos. He escuchado a las compañeras de Máster hacer comentarios parecidos sobre los hombres, pero apenas los retengo el tiempo necesario para saber que hablan de ellos.

El sábado 18, di como ochocientos abrazos. Era el Día Mundial de la Juventud Adventista. Y con la iglesia de Oporto (la colonia brasileña) nos fuimos al parque del Retiro y abrazamos al mundo. Por algunos segundos sostuve entre mis brazos las caderas de Bulgaria,  Budapest, Londres, Estocolmo, Francia, Indonesia…
En su mayoría las personas disfrutaban el calor humano. Correspondían con tanta pasión que llegué al colegio vuelto un ángel. Ahora escribo sobre la cama —donde he creado todos mis libros— y me cuido de que las alas no entorpezcan la pantalla del ordenador (¿Oh rayo, dije ordenador?). Eso parece. Aunque me suenan ridículas las expresiones españolas me molan. Los libros me han enseñado a amar a la gente y países con sus jergas y expresiones. No obstante sigo sin entender un follón (montón) del diccionario común español.
En los rodajes de los jueves con El macho (el profesor, pero me prohibió que escriba su nombre) concluyo lo mismo que Anna Maria Shúa en Naufragio. El macho, es todo un personaje, uno de los sujetos más extraños que conozco. Fuma como España, odia las fotografías —a pesar de que es profesor de Técnicas de Rodaje—. Sin embargo es un gran profesional. Ha trabajado un centenares de series y películas, pero su nombre y fotos casi nunca aparecen en los créditos. “Macho, tuve un lío cuando me gradué en la universidad, porque me negué a que publicaran mi foto. Lo único que nos queda a los humanos es un poco de privacidad y eso si sabemos atesorarla”, me dijo en el comedor un jueves —después del rodaje— frotándose las manos para disimular la vergüenza. Resulta tan extraño que en el siglo de las redes sociales alguien se faje a trabajar en una película o serie y después pelee porque su nombre no aparezca en los créditos. Me gustaría hablar de él con soltura; decir todas las jergas, chistes y disparates que se nos ocurrían en el rodaje, pero en honor a quien prefiere que el mundo no se entere de todo lo que ha hecho por él corto la línea. ¿Tendrá algo que ver con eso de que lo que hace tu mano derecha no lo sepa la izquierda? No me importa. Lo que cuenta es que cada momento que tuvimos libre —entre los rodajes— lo tomábamos para hablar de escritura y libros. Me contó que ha escrito algunos relatos, pero que —lógicamente— han sido publicados con seudónimos.  “Ponte al loro” “A que sí” “Te metes mucho en el ajo” “Me pilla cerca” y un follón de expresiones más que no acabaré de entender del todo me lo recordarán siempre. Prometió ir a República Dominicana para grabar algo con nosotros.
Es domingo en la mañana, frente al antiguo Palacio Real, veo los Jardines de Sabatini en los ojos de Daniela. Quería despedirse. Se va a Colombia por unos meses y antes de marcharse dejó que me empapara en la miel de sus ojos. La brisa nos borra las palabras, así que me acerco a su boca. Cálida, como la primavera —que empieza hoy—. Nos abrazamos un año luz y después salimos por las calles de piedra a tropezar con la gente sin personalidades. Un sujeto vestido de Michael Jackson se dispone a dar un espectáculo frente al Teatro Real (como le digo a Gina Trejo, aquí todo es real: Palacio Real, Teatro Real, Real Madrid… Ella es la Real Hermana). Nos acercamos al bailarín con una sonrisa caribeña. Le comento que en la calle el Conde, en Santo Domingo, hay alguien que hace eso mismo y que se le parece mucho. Me dice que justamente ayer le hablaron de él, que buscó algo suyo en internet, pero no encontró gran cosa. Lo vemos bailar.  Me alborota la sangre de tal modo que una moneda cae de mi bolsillo y se aloja en el sombrero puesto delante de la improvisada tarima para que los espectadores dejen sus ofrendas.
El día de la poesía recibí algunas felicitaciones —no sé porqué— parece que a la gente todavía le da por creer tonterías.
22 de marzo. Fui al medico por primera vez en treinta y dos años. El doctor —un español bajo, delgado y con barba, me dijo que era normal— pues no se supone que la gente joven vaya al hospital. No le dije nada, pero me reí por dentro. No me quedó claro si me halagaba o si me echaba en cara que me estoy poniendo viejo. En fin, fue tan extraño. Me sentí ridículo caminando por mis pies al hospital, pero tengo como seis meses con una congestión. Le dije al doctor que solo eran dos meses y que pensaba se debía a una gripe alargada más de la cuenta. Antes de entrar a verlo me habían puesto un aparato en el dedo indice y con una especie de pistola me dispararon un tiro en el cuello, creo que para medirme el calor corporal. Lo del aparato en el dedo —me di cuenta cuando entré al despacho número dos— donde me esperaba un doctor. Encima de la mesa, en una hoja amarilla, con esas líneas que dibujan el ritmo cardiaco, estaba mi nombre. El doctor me hizo varias preguntas, me mandó quitar el abrigo y subirme en una camilla, mientras tocaba puntos en mi espalda y yo inhalaba y exhalaba. No sé por qué pero mientras me palpaba pensé en la muerte. En una muerte terrible; donde no habían libros ni nada que escribir. Siempre he creído que la muerte es eso, una gran pausa literaria.
Camino al hospital me detuve a ver la bicicleta roja. Seguía tirada en el piso, amarrada por el cuello a la verja como una vaca. Hoy la vi más de cerca —hasta le hice una foto— y me di cuenta que tiene los puños y cangrejos de un azul hermoso. También noté que las llantas están torcidas.
Al regresar al Guadalupe, me enteré que Pedro Verges vivió muchos años aquí. Me lo dijo la recepcionista. La vi leyendo una novela y empezamos a hablar de literatura. Nos contamos todo en dos minutos. Prometí hacer una investigación sobre su historia. Al otro día volteaba la biblioteca en busca de “Solo cenizas hallarás (bolero)”, pero no estaba. El director de estudios —Miguel Ángel Gómez— quedó de conseguírmela, aunque tenga que buscarla en todo Madrid.
La Semana Santa madrileña fue una mujer que pasó con tanta ropa que no pude coquetearla. El frío aun no termina de irse, así que para los que estamos impuesto al sol ardiente del Caribe y sus playas que nos hacen botar el cuero, nos tocó quedarnos en la casa y sacar la cara por las ventanas cuando a alguna chispita de sol se le antojó salir. Los cinco días fueron una gran noche, porque el sol madrileño es un cometa que se lleva el viento sin que su cola nos toque la cara. No obstante hay algo que amo de Madrid. Pues aunque el frío es inclemente,  en estos meses siento que he escrito más que en cualquier otra etapa de mi vida. Me ayuda la rutina casi loca —pero fantástica— que he creado. Como me paso desde las nueve hasta las tres o cuatro en la universidad, cuando llego, me baño, como y duermo por tres o cuatro horas. Me levanto, ceno, corro, estudio, escribo, leo y veo películas hasta las cinco de la mañana. Los resultados imagino que los apreciaré en el futuro. En general, estoy contento con mis creaciones madrileñas.
El 26 me reuní con Yaniris y Alejandro Arvelo, en un lugar de esos donde la gente se junta para resucitar el pasado. Hablamos. Hablamos y hablamos sobre la cultura, política, y tradiciones nuestras, mientras los vasos de vino contaban el tiempo. Yaniris y Alejandro me habían pedido leer “Gaviotas de papel”, donde Yaniris es uno de mis personajes. Es el resultado de un taller de escritura creativa impartido cuando ella trabajaba en la Biblioteca Infantil y Juvenil República Dominicana. La emoción junta con el vino le salía a Yaniris por los poros mientras se imaginaba en su cuerpo plástico de aquel mundo futurista. Metimos más de medio siglo en cuatro horas. Alejandro apenas me recordaba, así que tuve que decirle que era el joven que diez años atrás —cuando era director de la Feria del Libro de Santo Domingo— me presenté en su oficina, preocupado porque había escrito un libro que quería presentar en ese evento que ya iba a arrancar y para el que todo el mundo me decía que no tenía posibilidades. Le recordé como me miró a los ojos, me apretó las manos y me mandó donde Valentin Amaro —quien ahora ocupa su posición— y en ese momento encargado del Pabellón del Escritor Dominicano. “Dile que dije yo que te abra un espacio para la presentación de tu libro. Jamás se le dice que no a un joven que quiere trabajar”. Sabía que no recordaba nada de eso, pero fue divertido el intento por recordar.  Jorge llegó dos horas después. Es español. Lo trajo Yaniris  o la fuerza de las latinas para atraer hombres de cualquier nacionalidad. Cuando le dije que escribía una crónica mensual sobre mi vida en Madrid, nos contó de escritores españoles que escribían crónicas: Julio Camba, César González Ruano, Josep Pla, Raúl del Pozo, Manuel Vicent (el único del que había leído varias obras), Javier Cercas y Francisco Umbral (su preferido). Hablamos de Pérez-Reverte y  J.J. Benítez (dos de los españoles contemporáneos que admiro) y de nuestros próximos viajes por las ciudades satélites de Madrid.
Hoy empecé a ver algo para lo que me estaba preparando desde que lo oí.  Me monté en el metro a las seis y al salir —cerca de las ocho— pensaba que estaría de noche, pero no. Increíblemente todavía el sol brillaba en el cielo. Entonces recordé algo que me han dicho tanto. “En verano son las diez y todavía está el sol afuera”. Es difícil para un dominicano asimilar del todo esa expresión por mucho que se la digan. Pues allá a las siete de la noche en verano está oscureciendo. Caminé por la calle con una sensación de sueño eterno. Creo que más que caminar flotaba entre los rayos que daban el último abrazo a Madrid.
Los muchachos de Periodismo Digital y Televisivo me han hecho un par de entrevistas esta semana para sus páginas y clases. Es irónico creer que me consideran importante, aun cuando no han leído nada mío. Mejor que nunca lo hagan.
Esta semana —la última de marzo— volví a correr. Me motivó Carolina, su primer nombre es Ana, pero nunca la llamo por él. Le digo Caro. Encontré sus ojos enormes y llenos de vida hace siete años, entre el calor de un aula de la Universidad Autónoma de Santo Domingo. Desde que vine a Madrid había corrido solo una vez —el día de las razas—. Era una maratón intercultural. Fue mi primer encontronazo con países que no tenía ni idea de su existencia. Así que Ana me dio motivos para correr. Me propuso hacer juntos El Camino de Santiago. Me encantó la idea desde que la oí; no por los dos meses de caminata ni porque sea devoto de las penitencias, pero jamás me negaría el privilegio caminar 1000 kilómetros. El hecho de andar por dos meses un camino desconocido, juntándome con personas nuevas cada día y llegar a lugares mágicos por las noches me da agallas para hacerlo. Así que cada noche —generalmente de 23:00 a 1:00 (de 11:00 a  1:00 de la mañana) nos arrojamos contra el remanente de frío.
El martes 29, casi a la una de la mañana, —cuando pasábamos frente al Ejercito del Aire— me di cuenta que no estaba la bicicleta roja.  Le conté mis teorías sobre ella a Caro. Sin dejar de reír empezó  a hablar. “Pertenecía a un miembro de La Cruz Roja a quien llamaron de emergencia hacía unos cuatro meses, para colaborar en Siria  o a un gitano que andaba en ella y decidió drogarse y por no poder manejar la dejó amarrada a la verja. Le tomó cuatro meses hacer memoria de donde la había dejado”me dijo mientras el blanco de sus ojos se perdía detrás de la sonrisa.
Este mes fue genial. A muchos escritores dominicanos les dio por venir a Madrid. Los mejores ratos los pasé en las librerías con ellos, leyendo o escribiendo algo nuevo.
René Peguero Rodriguez trajo sus “Memorias de un anfibio” a que se conservaran en el frío eterno. Lo vi llevarse todo el espacio que pudo en el pensamiento para armarlo allá a su antojo. Me dijo que en unas cuantas noches había podido terminar otra novela. También aprovechaba las noches —después que sus hijas se dormían—.
Este mes algunas amigas dominicanas estuvieron en una feria del libro en Nueva York, dedicada a nuestra Kianny N. Antigua. Alguien que además del arte de la escritura trajo al mundo la genialidad de nacer humana, cosa extraña entre los escritores. Siempre tan cuadrados que para librarlos de una muerte trágica hay que escudarlo bajo la insignia de que así son los artistas. En las fotos vi a Francisca Hernández y Lady Laura Balbi.
Los sábados a la puesta de sol ver las fotos de Vocal y Consonante-Creatividad Literaria, el grupo que se reúne en Güibia —en el malecón de Santo Domingo— me hace atravesar de un salto los casi siete mil kilómetros que nos separan. Algo que debo a Facebook es lo informado que me mantiene sobre la vida literaria en mi país. Por momento tengo la extraña sensación de que aun no me he ido.

 

Este mes conocí a Asmaa. Es egipcia. También musulmana.  Al principio, me llamó la atención el velo, pero  resultó más interesante de lo que esperaba de alguien de una tierra extraña. Es profesora de Español en la Universidad del Cairo, conoce bien la literatura latinoamericana. Su escritor favorito es Borges que, aunque no lo venero tanto —como otros—  lo respeto mucho y amo algunos de sus cuentos y poemas. Encontrarla fue caer dentro del misterioso Nilo. Mil afluentes llenos de sorpresas. El inicio de mi añorado viaje por Egipto. A través de ella  conocí a Amany y Êl Dåly — también musulmanas y profesoras de Español en el Cairo—. Êl Dåly, me sorprendió más de lo que imaginaba al decirme que hacía su tesis de maestría sobre la dictadura de Rafael Leonidas Trujillo y las Hermanas Mirabal. Con todos los recuerdos —amargos y de patriotismo— empecé a creer que echaba raíces en aquella tierra caliente, tan parecida a la mía.

Los giros de la vida son geniales. Ahora aprenderé árabe.

Crónicas madrileñas 3

14 de febrero. 17 horas tiempo local (5:00 pm). Sentado en una unidad de la línea 1 del Metro empiezo a mal dibujar Madrid. Hay tanta gente apretujada en el pasillo que no puedo ver el número del tren. La manía de mirar el tablero donde se marcan los cuatro dígitos amarillos o rojos es tal que hoy me siento incómodo por no poder hacerlo. A penas tengo espacio para respirar. Aún así saco la laptop, la abro sobre las piernas y desentumo el cerebro. Me monté en la estación Alto del Arenal. En Buenos Aires, un señor con las piernas tan hinchadas como latas de aceite sube al tren y pide por él y sus hijos. En los trenes madrileños cada vez hay más gente mendigando, tocando o cantando por dinero. Para evitar el ruido y el ablandamiento de corazón Sabina revienta mis oídos, mientras los dedos galopan por el teclado. Vuelvo a casa de Joel Ramos, a sus ángeles de hueso, a la esposa en Nueva York, al padre muerto en República Dominicana, a los amigos, al recuerdo del barrio, al mundo que le dejó el sabor maldito de sus calles. La comida dominicana que ha brotado de las manos de Joel me revive. Entonces con nostalgia me dice que debo contar su historia. Sus ojos líquidos miran a los dos angelitos que dan vueltas y gritos por el apartamento sin enterarse que su padre quiere eternizarlas. Las señala: “Lo hago por ellas. No me puedo ir de este infierno sin que sepan la verdad”, me dice secándose las lágrimas con el reverso de la mano derecha. Con un río de nervios agitándose en mi interior le contesto que escribiré su historia, que volveré el siguiente domingo para terminar la comida que mi estomago plano no pudo consumir y para que me cuente todo mientras lo almaceno en mi celular para luego armarlo a mi antojo en un libro. Siento el recuerdo explotarle el corazón mientras su memoria busca en un pasado distante de este frío Madrid. El domingo siguiente vuelvo, pero está arrollado con su papel de padre. Me conformo con la comida de una semana. El gran libro tendrá que esperar.

19 de febrero. En el Guadalupe hay una fiesta de disfraces. Nunca participo de estas cosas en República Dominicana, sin embargo aquí salto con un espíritu que solo es posible cuando la nostalgia y la distancia hacen una mezcla tan espesa que de quedarte en ella te suicidas. Así que en la oscuridad me pierdo entre el grupo de españoles que desmanteló el Salón de la Justicia y toda la cartografía infantil. Yo, en cambio, visto una degradación de Diablo Cojuelo. Lo trajo Crisleydi. Me encanta su espíritu patriótico. En su puerta tiene una pancarta gigante, donde se ven algunas playas nuestras y muchas de las actividades que ofrecemos a los turistas, con la frase “República Dominicana lo tiene todo”.

20 de febrero. A las 10:15 nos montamos en un autobús hacia Cercedilla, en la cierra de Guadarrama. De camino las montañas blancas se ven como volcanes congelados. Al desmontarnos del autobús lo primero que me llama la atención—además de las lágrimas de ángeles, derramadas sobre los patios, carros, y calles—son los nombres exageradamente largos de los negocios y calles. No me detengo a investigar su origen porque una fuerza extraña nos llama desde la montaña. Al parecer aquí tienen una afición por los nombres exóticos. “Asadero de Ángel”, tienda “Me siento como quiero”, calle “La Divina Gracia de Dios”. Nada es menos de ahí. Nombres kilométricos. Un guía nos espera en el parqueo público, desde donde se ven las montañas blancas como celestiales Vesubios.

A las 11:30 iniciamos el ascenso. Al principio nos divertimos con la nieve sobre los techos, los autos y la grama. Es la primera vez que veo el milagro blanco. Antes de eso lo único que vi caer del cielo fueron rayos de sol que deshidrataban los sueños.

Javier, el guía—un señor alto, delgado y de un espíritu tan dócil como su contextura— Luis Fajardo, director de jóvenes de la iglesia Adventista de Alenza, Estefanía, Karla Fabiola y Katia, tres mexicanas, Silvia, de Venezuela, y Franccesco, de Perú, nos arrastramos hacia lo desconocido. Parece una ascensión Divina. Con el frío de la tarde termina el ascenso. Aun falta mucho por vivir en Madrid y el resto de Europa, así que no podemos ir al cielo. “Cuando el camino al cielo es blanco”, pienso esa noche, tirado en mi cama, mientras rearmo el día en casi doscientos pedazos fotográficos que arrojo en Facebook.

El domingo 21 inicio la clase de Portugués. Curso que propuse como una colaboración a la colonia brasileña de la iglesia Adventista en Madrid; ellos nos enseñarían Portugués yo les enseño English. Aunque es una lengua completamente nueva no se me hace difícil por su parecido al Español.

27 de febrero: Con el espíritu de nuestra independencia quemándome los huesos me arrastro por las calles de un Madrid que a las ocho de la mañana no termina de despertarse. Anoche me probé el disfraz de diablo cojuelo que usaré el lunes—cuando el Guadalupe nos celebrará nuestra independencia—y como Braulio, el colega dominicano del Master de formación de profesores, dice, una y otra vez, no sé porque carajo nos encanta tanto mezclar la independencia con carnaval. Sin embargo disfruto llevando esa máscara, siendo otro. También creo que todos llevamos una máscara eterna. Jamás me puse un traje de esos en República Dominicana, pero aquí es otra cosa. El frío, la nostalgia o la distancia hacen brotar un patriotismo posiblemente falso, como me dijo Ruth cuando le pregunté qué de dónde era y me contestó que de ninguna parte, pues nació en Argentina, sus padres son bolivianos y ha vivido desde que tiene memoria en Madrid. Así que con orgullo me mira a los ojos y mientras nos despedimos en Oporto reconozco en ella ese poder que poseen los seres universales. Antes de que se vaya alcanzo a maquinar una idea loca. La dejó evaporar. Al bajar las escaleras las barbas del Che se me enredan en el alma. Salto al metro, esa culebra metálica que engulle cadáveres día y noche. Me siento al frente de una señora de unos cincuenta años que no me quita los ojos. Mientras la música retumba en mis oídos y mis pies y manos vibran con el ritmo me pregunto qué me ve la señora. ¿El color moreno?, ¿el espíritu caribeño que se me escapa por los poros? Hemos pasado más de diez estaciones y siempre que volteo sus ojos verdes siguen en mí. No disimula una mierda. No le río. Sabina ronca “Yo me bajo en Atocha”. La señora se queda en Plaza de España. Me siento aliviado. Le digo adiós por la ventana, pues no ha dejado de mirarme aun cuando se aleja. Agita una mano tímida y me devuelve una sonrisa espléndida que me alegrará esta independencia loca. Ahora el “Eclipse de mar” dice que han hallado muerto al niño que yo fui, que el hombre de hoy es el padre del mono del año 2000.

En la noche una invitación inesperada en Facebook y una conversación por WhatsApp me devuelve a Ruth.

¿Sabes quién soy?, me saluda.

No, respondo con un emoticón de tristeza.

La chica de ninguna parte, confirma.

Empezamos una conversación emocionante. Me doy cuenta que ama la literatura casi como yo. No sé por qué no lo imaginé. No es raro que detrás de sus lentes coquetos se esconda esa pasión capaz de ponerle alas a los sueños. Quiere saber sobre mi carrera literaria, mis libros… Le envío una copia de “La última crónica del infierno” que devora al instante. Desde entonces siempre hablamos temas frescos. Es una mujer divertida.

28 de febrero. Hoy fue mi segunda clase de Portugués. Con cada practica mejoro la pronunciación y la escritura. También hoy Sarah Vallejos cumpleaños. Los muchachos se quedaron a celebrar con ella después de clases. Le di un abrazo donde vacié alguna parte hasta ahora inexistente. Los dejo haciendo fotos que luego veré con nostalgia. Anoche Madrid estuvo fría. Caminar por Sol parecía una contradicción, pues el viento era tanto que te congelaba el alma. El resultado fue inmediato. Hoy un palpitar constante en la cabeza y una maldad que se me escapa por la nariz no me ha dejado quieto. Ahora escribo en la unidad R-8506, de la línea 6 (circular). Las miradas son las mismas solo que en diferentes caras. Una señora al frente que quisiera ver lo que pienso, casi todos metidos en los auriculares… Un niño rubio entra en Puerta del Ángel y se agarra al tuvo amarillo al frente de mí y por unos instantes me presta su vida. Al frente dos chicas al parecer dominicanas me miran mientras conversan. Una niñita china se sienta a mi lado y comienza a saltar entre el asiento y el del frente, donde se han sentado la madre, la abuela y el hermanito. Debe tener seis años. No quiero dejar de creer que son seis, así que no me atrevo a preguntar.

El 29 de febrero celebramos la fiesta de independencia. La actividad debe ser a las 15: 30 (3:30), pero como el diablo nunca está en su puesto los aparatos de sonidos y videos no funcionan. Así que después de una vergüenza que nos repartimos como pudimos nos vamos a las habitaciones. El coordinador del colegio nos invita a repetir todo en la noche. Ahora es genial. Los españoles y nosotros nos mezclamos como un pueblo. En nuestros gustos no hay fronteras, colores y patria. Somos cuerpos que saltamos o mal pensamos al ritmo de la música.

Entre febrero y la vesícula se llevan la salud de Welintong Vazquez— mi compañero de habitación y delegado de los dominicanos en el colegio—así que por una semana todo se complica. El miércoles 2 de marzo amanezco en el Hospital de Madrid. Al otro día tengo rodaje—como cada jueves— “Residencia 4”, está creciendo y con ella la demanda de tiempo. “El Líder”, como ambos nos llamábamos, se queja de que ya son tres días que lo tienen sin comer nada. “Usted cree que es fácil líder vivir de esta agüita (el suero)”, me dice. Algunos muchachos para mortificarlo le recalcan que después de la cirugía tendrá que durar otros tres días sin comer.

El sábado 5 de marzo, cuando vuelvo de la iglesia, El Líder està en el cuarto. Lo trajeron su hermana Yona, Mariel, su novia, y un montón de amigos. La habitación está repleta de gente y ruido —en mi cama hay sentados unos diez. Aunque me siento un completo extraño en ese espacio del que he respirado cada átomo no puedo evitar una sonrisa de satisfacción al ver al Líder de nuevo en su cama. A penas tengo fuerza para alegrarme, pues el frío de Madrid y la brisa del invierno que se niega a dejar la ciudad me trajeron una gripe espantosa. Welintong tiene una cruz blanca sobre la barriga y un pijama de cuadros y muñecos rojos y negros que me hacen reír. Bromeando le dijo “Si un día me enfermo me ponen un pijama de hombre, por favor”. Estoy contento de verlo pero desgraciadamente para mí los momentos no son páginas en blanco donde se puedo escribir lo que se me antoje. Por eso a veces recurro a la maldición de las palabras habladas, esas cosas chillonas de las que tanto me arrepiento, y que una vez pronunciadas no tengo forma de corregirlas.

El lunes 7 inicio algo que llevo años intentado, pero que en el Caribe es complicado. Un par de semanas atrás conocí a Anastasya y Raúl—una pareja húngara tan jóvenes que parecen hermanos. “Allá nos casamos a los dieciocho. No veo porqué hay que pasarse la vida solo si encuentras a la persona que amas”, me dices Anastasya con su acento extraño. Su deficiencia en el español la hizo acercárseme una noche, después de escucharme decir trabalenguas dominicanos. Así que nos pusimos de acuerdo para ella enseñarme Ruso al tiempo que le ayudaba a perfeccionar su Español. La idea de leer a Tolstói, Dostoyevski, Chéjov y el resto de escritores rusos en su lengua natal me d a coraje para cruzar esa frontera inmensa.

Viernes 11. Minutos antes de medianoche recibo la noticia de que el exrector de la Universidad Autónoma de Santo Domingo, Mateo Aquino Frebillet, fue asesinado en un hotel de Santo Domingo. La violencia de antaño resucita con la sorpresa. A pesar de lo mal que administró la universidad siento una gran tristeza, pues nuestras luchas eran contra el sistema, no contra su persona. Así termina el viernes. Lo que sigue es una tos desesperante que me acompaña toda la noche. Al despertarme el frío continua en mis huesos y garganta.

Hoy, sábado 12, vuelvo a La Poveda. Fue el primer lugar en las afueras de Madrid que visité. Ya Hacen cinco meses que estuve aquí. El camino en tren es hermoso. Me hace recordar la carretera del sur en República Dominicana. Hay un lago en medio del desierto donde se baña la vista fatigada por la llanura. Tengo la sensación de que el tren es una iglesia. Encuentro en él adventistas con los que había coincidido en otras partes de Madrid. Raquel—una rubia, delgada y coqueta rumana—que trabajó en la organización del único maratón que he corrido aquí, me saluda con esa gentileza solo suya. También van sus padres y hermano. El maratón fue por el día de las razas (12 de octubre), mi primera semana en Madrid. Desde entonces hemos coincidido en varios lugares y el afecto a penas cabe en nuestros pechos. En realidad hoy vine por Vianka y Katty, dos dominicanas en las que siento vivas mis raíces, y Vilma, la doña— le decimos mami. Es de Brazil y su único defecto es haberse traído todo el cariño de esa tierra. Joel también asiste a la iglesia de La Poveda, pero hoy no está. Imagino que el frío y su paternidad lo han guardado.

En la iglesia el día es genial. No tengo dudas de imaginarla la puerta del cielo. Los himnos, las risas puras, los instrumentos que elevan acordes de adoración, la comida sana, después del culto… Todo es fantástico. No daría un día en ella por muchos en otro lugar que no sea una biblioteca.

20:40, hora local (8:40pm.). Termino esta crónica en otra unidad del Renfe (Red Nacional de los Ferrocarriles Españoles) de la que tampoco puedo ver el número. ¿Destino o causalidad? No lo sé, pero hace casi un mes empecé a escribir en un vagón similar. Al parecer la ciudad es un inmenso tren. Sabina me sopla en los oídos “Pongamos que hablo de Madrid”. Al frente una chica, creo que rusa, me mira cada dos o tres segundos. Tiene ojos grandes, universos que flotan ajenos al tiempo. ¿Se me escapa algo? Ah, sí. Imagino que la chantajista sexual del mes pasado se sintió defraudada conmigo. ¿Damos el salto? Aquí vamos.
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Madrid es un caudal que se ramificaba en inmensas posibilidades. Cuando me baje en Nuevos Ministerios sé que el tren, igual que Madrid, seguirá corriendo. ¿Hasta dónde? Me gustaría saberlo.

Crónicas madrileñas 2

“¿Cuándo regresas al país?”, me escribió Nati una noche por WhatsApp. Se refería a República Dominicana. Nos conocimos en mi primera carrera universitaria y trabajamos un tiempo en un programa radial, pero perdimos contacto y llevábamos años sin hablar. Me la devolvió el milagro de Facebook. Esa semana cumplía mi cuarto mes en Madrid. “No sé, pero mientras sucede te haré participe de algunas cosas”, le respondí. ¿Dónde empezar? Es difícil. Pero si he de hacer un relato aceptable debo regresar al 8 de octubre, cuando al mediodía —como transportado por una máquina del tiempo—caí en la inmensidad del aeropuerto de Barajas, a esa primera impresión del sol madrileño, cuando la INTERPOL revisaba mi pasaporte y en vez de atender a lo que preguntaban miré al cielo para sentir que el sol solo picaba en las pupilas. Dos horas de espera por Jonathan Gómez —mi exalumno en Santo Domingo— que tuvo la gentileza de enviar a su hermana Triana para hacerme compañía mientras él salía de clases y pasaba a recogerme junto a su novia. Sí, debo volver a mirar ojos de la flaca que en la cafetería del aeropuerto, mientras tomaba un jugo de naranja con Triana, se acercó a nuestra mesa y empezó a hablarme de una ciudad y un continente tan fantástico como ella. Y también debería volver al instante de sentir el primer frío en mis huesos apenas salimos del aeropuerto y errábamos por el parqueo en busca del carro… Hay que volver a todo esto para darse cuenta que está prohibido llegar a Madrid sin asombrarse. Por eso la ciudad se ha hecho enorme, con edificios de ladrillos que almacenan el calor en invierno. Con su exceso de arboles, parques y zonas verdes. Con sus apartamentos tan pequeños que parecen de muñecas. Por esas y otras cosas me dolían las mandíbulas al caminar las calles madrileñas. ¿Te dolían las mandíbulas? El asombro era constante. Esa magia aumentó mi interés por otras culturas y lenguas. Una noche no pude evitar reírme ante la ocurrencia de un amigo a quien acababa de presentarle un español. “Mucho gusto. Es un placer, conocer al primer español tras dos meses en Madrid”, le dijo con sarcasmo. Y no es del todo falso, debido a la cantidad de inmigrantes —de países que para la mayoría de nosotros ni existen— que caminan en esta metrópolis.

Una tradición local que se sumó a mi asombro es una curiosa costumbre en los “colegios mayores” y universidades españolas; la Novatada, o Fiesta de Iniciación. ¿Colegio Mayor? Es una residencia para universitarios de ambos sexos, donde además de los programas educativos te cubren las necesidades básicas. La Novatada es la vía que tienen los que llegan para ganarse la amistad de los experimentados. En el tiempo que dura —alrededor de un mes— someten a los nuevos alumnos a toda clase de bromas: beber grandes cantidades de alcohol, generalmente a través de un embudo, las carreras de caballos (en las que el novato hace el papel de… ¿adivinaron?), hacerle las tareas domésticas o los mandados por un mes a un veterano, salir en toalla a la calle, entre otras bromas. Mi condición de extranjero me eximió de pasar por esto, pues las novatadas son sólo entre españoles. El Colegio Mayor Nuestra Señora de Guadalupe, residencia que me asignó la Universidad Antonio de Nebrija, es un edificio antiguo, cuadrado, de cuatro plantas. Según leí una noche en la cripta —donde cada jueves asistimos a una tertulia con el grupo español— fue creado en 1947 y al principio se llamaba Colegio Mayor Hispanoamericano Nuestra Señora de Guadalupe. Cuenta con gimnasio, cancha de tenis, aula de pintura, computadoras… pero lo que más disfruto es la biblioteca, con una amplio catálogo de libros latinoamericanos. Aquí comencé un Taller de Escritura Creativa los miércoles donde Iago, un español que se enamoró de las clases, y yo damos riendas a ejercicios que al final mutan en textos aceptables.

¿Algo curioso de Madrid? La forma de contar los pisos de los edificios, pues lo que para nosotros es el primero, aquí es el bajo o cero. Casi siempre me confunde, pues no me hago la idea de que después de subir una escalera sigo en el primero. A pesar de eso Madrid se porta bien. ¿Lo más extraño? Aunque parezca irónico he descubierto aquí mucha literatura y música en inglés. Una tarde, en el comedor un amigo de los Estados Unidos —antes de dejar el colegio y volver a su frío— me pasó una nota: “You must heard to John Denver and Van Morrison”. Look for :(Debes oír a John Denver y Van Morrison. Busca) «Back Home Again», «Take Me Home, Country Roads», «Rocky Mountain High», «Fly Away», «Brown Eyed Girl», «Sweet Thing». John Denver con su devoción por la naturaleza me ayuda a consumir el poco tiempo que me dejan las clases, la lectura y la escritura. De alguna forma la música me empuja con alegría por las cuestas de la vida. “¿Algo que no hayas dicho?”, vuelve a preguntarme Nati. Sí. Han pasado cuatro meses y aún no me acostumbro a nada. Para mi gusto caribeño Madrid es una gigante a la que tengo que empinarme para besar. Pero una de sus curvas me atrae. La seguridad aquí es una cosa de cuentos. Es fascinante saber que puedes estar en un parque o en la calle pasada la medianoche sin ser noticia al otro día. A pesar de las veces que he estado en las estaciones del metro de Cuatro Caminos, Nuevos Ministerios, Cercanías, Sol, Príncipe Pío… todavía sigo en la etapa del asombro. No es fácil acostumbrarse a sus tamaños exagerados. Pisos y pisos entre una línea y otra. Cinco, seis y hasta diez carriles del metro o tren. El transporte público aquí es un lujo del que en Santo Domingo estamos a un añoluz.

“¿Crees que sentirán celos en tu país?” No obstante vivir en Madrid, estoy conectado a la vida literaria dominicana. Así que cuando uno de mis amigos allá gana un premio —cosa que pasa muy a menudo— lo celebro tanto como ellos. También Daniela Norilissa, del Listín Diario, me escribe regularmente por algún asunto literario, y, aunque ella se disculpaba por las molestias que cree causarme, le agradezco grandemente porque me hace seguir viviendo. No en el sentido metafórico de la frase, sino en el literal. No conozco otra forma de vida que los libros. No es raro si se toma en cuenta que mi despertar literario fue a través de la Biblia. “¿Ya conociste la nieve?”, insiste Nati. Es febrero y aun no neva, así que el misterio blanco sigue oculto a mis ojos. Pero esta mañana mi amiga Katharina, de Australia, me envió unas bellas fotos con sus huellas sobre la nieve. No puedo negar que me moría de envidia. Dicen que es un año extraño, en el que casi no ha hecho frío, cosa que me resulta increíble cuando veo el termómetro hasta en -3º. Pero en fin, supongo que hay que hacerle caso a los locales.

¿Los estudios? Nebrija me ha dado nuevos horizontes. Disfruto las clases de dirección de fotografía, taller de montaje, narrativa audiovisual. El 11 de febrero grabamos el primer capítulo de nuestra web serie, “Residencia 4” (nombre tomado de la ubicación del Guadalupe, “Avenida Seneca 4”). No hay forma de describir la sensación que me producen las clases. Una práctica que iniciamos en ellas, casi sin darnos cuenta, fue la de hacernos un selfie con cada profesor o profesora al finalizar la materia. Cosas como esas nos ayudan a conocernos. En mi grupo somos catorce. Todos dominicanos. Carlos Sosa, un amigo al que se le estrellan las palabras en la lengua al momento de abandonar la boca, y con quien tengo una amistad de esas que solo es posible conmigo. Pocas personas se acostumbran a un amigo que no sale, ni le dedica más tiempo que el camino a la universidad y las tareas. A él lo bauticé con una expresión tomada de una secuencia en que le tocó actuar. Le fascina la actuación, que se metió en el personaje de tal forma que se casó con la expresión “Serás cabrón, serás cabrón”, con el tiempo la abrevié y terminó en “Cabrón, cosa que parece no importarle. Mis colegas se dieron cuenta de mi afición por la frase “Me encanta”. Una mañana —en una de mis constantes intervenciones en clases— quedó confirmado mi bautismo. Juan Carlos o simplemente JC fue el siguiente. Cuando hacíamos las votaciones para elegir entre los actores y actrices que fueron al casting para Residencia 4, la mayoría votó en contra de una actriz que él quería. Así que por algunos días y noches no dejó de decir “Loco, sacaron a la rubia”, no pude desaprovechar la oportunidad. Sin darnos cuenta acabamos de formar el nuevo clan de los Mosqueteros. “Serás cabrón”, “Me encanta” y “Loco sacaron la rubia”. Así nos conocían. A Zuly la elegimos por voto unánime. Tiene una de las almas más nobles de la Tierra. Las historias con finales felices y ese montón de cosas cursis son sus preferidas. Así que cuando se comenta cualquiera ella remacha “Eso es hermoso”. Su muletilla es una de las expresiones que más usamos en clases. Nos hace votar el estrés. Cuando menos lo esperamos alguien la imita y explotamos en una carcajada universal. Siempre les digo a los muchachos que un día enfocaré la cámara hacia nosotros, pues estoy seguro que damos mejores historias que las que hemos escrito. Se ríen. Saben que es verdad. Hoy se lo comenté a Henry durante la comida. Me dijo, con su gracia de sur profundo. “Estoy seguro que si le llevamos la web serie a un productor junto con los de detrás de cámara, se queda con los de detrás de cámara”. 12 de febrero. Seis de la tarde (18:00 horas tiempo local). Termino de corregir la última impresión sobre mi crónica (prefiero corregir en físico) cuando acepto una invitación de una chica en Facebook. Tengo por norma aceptar a quien me invite—independientemente de la foto, creencia, orientación sexual o si lo conozco o no. La joven, con el nombre de Marie Melvine Zansa, nombre que hasta un idiota sabe que es inventado, me propone sexo después del saludo. ¿Qué dijiste? Estoy en trabajo. No puedo. Entonces me manda un video, con mi imagen, donde alguien se masturba y presenta mi cara. Cosa que cualquiera que maneje un programa básico de edición sabe que se puede hacer. Probablemente tomaron la imagen de un video que tengo en Facebook, cantado, un reto cristiano que Francis Williams me lanzó. Me envió también varias fotos de pantallas con supuestas conversaciones entre ella y yo, además de una lista grande con las indicaciones de que debía hacer si quería que esto no se publicara en internet. Ah, también me mostró una lista de mis familiares en Facebook y parte de la biografía que tengo allí. Me dijo que el video sería publicado sino le depositaba antes de seis horas. Publiqué sus patrañas en Facebook e inmediatamente mis amigos comenzaron a compartirlas. Espero que no les pase lo mismo. Lo que me alegra de todo esto es que ya tengo por donde empezar la siguiente crónica.

Crónicas madrileñas 1

Llegar a Madrid fue como tragarme un litro de vino de un sorbo. Aquí las horas tienen alas. El día apenas dura para comerse unos churros con chocolate. ¿Lo primero?Asombro. Imagínate que de repente se abre ante ti una inmensa pantalla de cine, donde también eres parte de la acción.  ¿La película? Extraña.  Las primeras secuencias daban  la impresión de que todos fumaban (en mi país casi nadie fuma).  Así que de pronto parecía que la ciudad inhalaba un espeso cigarro. Semanas después, cuando una compañera comentó en clases que una nube de contaminación cubría la ciudad, perfeccioné la imagen de la rubia fumadora (por supuesto desnuda).
Otra cosa que seguía sin entender y que se lo comentaba a mis compañeros cantidad de veces, era el frío en los huesos de los madrileños. “Se supone que han vivido aquí toda la vida, que sus cuerpos están acostumbrados a este clima, entonces ¿por qué todos andan con abrigos y bufandas, como si el frío le fuera extraño?  Una mañana no aguanté más y le disparé al profesor del Taller de Guion para Directores,  Jaime Bauza Cotillas (dispara era su frase favorita). Él apaciguó mi espíritu. “Mira, no te creas que por ser madrileño se está acostumbrado al clima loco, pues aquí los choque atmosféricos son muy bruscos. En verano la temperatura sube del infierno, ahora es lo contrario. ¿Crees que puedas acostumbrarte a eso aunque tengas toda la vida para ello?”.  Así acabaron, por el momento, las cuestiones sobre el frío sin que esto pudiera librarme del catarro que me estremeció el pecho por semanas.
Olvidado el asunto climático, empecé a acariciar el pecho cultural de la gigante desnuda. Releí “España contemporánea”, “El llano en llamas” y “Pedro Páramo”.  De alguna manera me negaba a perder mi identidad caribeña. Casi muero una tarde cuando, caminando por Moncloa, encontré la librería Juan Rulfo. En éxtasis empujé la puerta y me dejé arrastrar de unos pies que se habían vuelto ojos. Andrés del Arenal (un sujeto muy amable que contestó casi todas mis preguntas) me invitó a una lectura de “Pedro Páramo” que se realizaría al día siguiente, con motivo del 60 aniversario de su publicación. Días después le enviaba una propuesta sobre un taller literario en Madrid que de aprobarse llevaría el nombre del gran creador mexicano. Como muestra de lo que haríamos le adjunté un trozo de mi impresión al encontrarme un pedazo de mi alma en un mundo hasta el momento irreal.
Madrid, el origen
Juraba que había llegado a un planeta muy distante de la Vía Láctea, pues la tormenta había sido terrible. Mi último acto consciente fue cuando orbitaba el planeta 0087 del cinturón de Scarnut. Entonces mi nave colapsó. Después desperté en esta ciudad de edificios enormes y viejos, gente presurosa que fuma con frenesí y gusanos subterráneos que tragan individuos día y noche. Pensé que me hallaba muy lejos de la Tierra, pues, salvo algunas coincidencias, los moradores eran diferentes a  los terrícolas que conocía. Pero una tarde de mi primera semana, caminando la Calle de Fernando el Católico, la vi. La estructura no parecía nada extraordinario. Apenas tenía una puerta de cristal y una vez la atravesabas debías o subir o bajar unas escaleras de madera. Al bajar “El llano en llamas”, “Pedro Páramo”, “El gallo de oro”, y otra veintena de libros sobre Rulfo aclimataron mis pupilas. Fue suficiente, no estaba lejos de casa, pues ese dios que los isidrianos llamaron Rulfo había traído hasta aquí su evangelio.
Las semanas antes de empezar clases fueron un solo asombro. ¿Cómo eran las aulas? Lo mismo. Me fascinaban algunas materias, otras eran un desastre, no por el tema en sí o por quienes las impartían, sino por mi bloqueo mental.
Disfrutaba hasta no querer terminar las cuatro horas de Guion de Series de Ficción: Géneros y Estructuras Narrativas,  del profesor Daniel Tubau García. Ante él tenía la agradable sensación de sentirme inferior. Era un come libros. Daba la impresión de que había leído  todo. Encantaba hablar con un sujeto así.  Solo en esta ocasión me fascinaba verme inferior a alguien. ¿Te fascinaba? Sí, porque ese sentimiento no era negativo, más bien, un favor a mi débil intelectualidad. La misma sensación la tenía en el  Taller de Guion para Directores. Era lógico que me sintiera así, pues a pesar de las muchas cosas que hacía en Santo Domingo para sobrevivir, lo que siempre me ha salido sin esfuerzo es leer y escribir y ellos me daban trucos para mejorar ambas cosas.   También disfruté mucho el Taller de Ayudantes de Dirección, con Begoña Casado. Nos reíamos como locos enseñándole dominicanismos como “vaina, muletilla que acomodamos en cualquier lugar de la oración, (expresiones que jamás usaba, pero que en su acento madrileño sonaban tan divertidas).
¿El lado opuesto? Dirección de Actores e Interpretación. En ella aprendí muchísimo, más que en cualquier otra materia, desde Stanislavski, el duque de Saxe-Meininger, André Antoine y su cuarta pared, las ocho preguntas de Tony Barr, el sí mágico…pero por encima del  éxtasis del conocimiento estaba mi apatía por la actuación. Había pasado mis últimos diez años creando personajes y dictándole normas, por eso me aterraba ponerme en el laberinto que yo había construido. Sin embargo Saida Santana (la profe) me hizo uno de los regalos inolvidables de Madrid; me desveló la existencia de Leopoldo María Panero y su  Canción del Croupier del Mississippi. Una pieza poética que revolucionaría mi invierno. Por eso le dediqué un trozó que no me enteré si leyó. ¿Tratando de demostrarle que no eran del todo malas sus clases? No lo sé, pero  me hacían escribir y era suficiente. Cuando lo terminé se lo envié por correo.
Confesión de un guionista
Me sabían a mierda esas clases de actuación, donde tenía que deshacerme en millones de personas ridículas, muertas, o en individuos que solo habían existido en las memorias de mis frenéticos compañeros.
Una picazón extraña se me extendía desde la parte baja de la barriga, pasándome por el corazón, la garganta y la cabeza.  Sin embargo al llegar a mi cerebro no era capaz de sacarla de ahí y me torturaba casi hasta la locura. Imagino que mi fobia era producto de haberme pasado tanto tiempo creando personajes, por eso me negaba a darle vida a cosas horrorosas que no habían vivido.
“Chicos, si queréis ser buenos directores tenéis que poneros en el lugar de sus actores”, era la justificación de la maestra (ese ángel que cargaba el cielo en los ojos) para tratar que no muriera durante su tortura.
Si hay un infierno —me decía— seguro que el peor castigo en él es ponerte a imitar un patán del que todo es ficticio .
Por suerte las clases no pasaban de cinco horas, pero qué maldita eternidad! Solo Saida podía disfrutar su ambiente. Entonces los ojos se les expandían y me daban cierta paz que me ayudó a sobrevivir.
Así inició la aventura del Master en Dirección y Realización de Series de Ficción. ¿Lo demás? Pecados de los que serás confesor.

A veces Negro baja del campo

A veces Negro baja del campo y se mete entre mi desorden de libros e instrumentos. Para no sentirse tan perdida su alma inmensa me pide alguna simpleza; una película de Raymon y Miguel, un video de las carreteras más peligrosas del mundo… o cualquiera de esas cosas que nunca toco. Para no quedar mal me auxilio del Internet. Es el mayor de padre y madre, porque el viejo Colón fue fructífero como Rancho Arriba, donde se instaló.
Del almanaque heredó un nombre que contrasta con la liviandad de su alma. Wenceslao, dice el papel que debemos llamarlo, pero él siempre será Negro, el que amortigua con todo.
Durante el tiempo que pasa en mi madriguera aprovecha para preguntarme cosas que el campo le esconde. Él no lo sabe, pero en esos momentos lloro, pues me veo a mí antes de que me comieran estos libros.
Le pregunto por el viejo, las cosechas y los animales, mientras desenrollo el pan de batata que me envía la vieja (se llama Amantina, pero nunca le digo así. Su bondad no cabe en ese nombre).
Me pregunta por Luis, Lucy y los demás. No sé para qué, pues siempre me entero de todo último que él. Escuchándolo comparo la verticalidad de nuestras palabras y me inclino por las suyas, puras como el agua del campo. Caen suaves sobre el oído con un gorgoteo.
Si pudiera extender nuestros diálogos lo haría al infinito. Podaría las preguntas y respuestas planas que hago y musicalizaría sus versos sencillos.
Después de estos encuentros echo de menos a mi familia. Al despedirnos nos damos un abrazo flaco, como nos enseñó Colón. Entonces, deprisa, abro el libro de turno y comienzo el viaje.

Flecos literarios

A Paula Neruda

A la que no puedo escribir versos, a quien mis letras no impresionarían, le regalo mi alma, el amor distorsionado por la forma.

No sé qué puedo decirte en cortas líneas ¿Acaso una disculpa por la ausencia de arte? ¿mentirte, entonces, para que creas mi lamento?  No, nada de eso, y me parece que eres tú la que inspira ésta última frase. Sabes que prefiero tu ausencia a vivir mintiéndote, quemarme con la angustia del pasado, tragarme el asco de mi muerte.

¿Qué hace este difunto ante la vida de tus manos, ante la magia que sueltan tus dedos de oro decepcionados de todo?

Tus cuentos son La Piedra irónica que encerró a Lázaro. Nada contiene la furia de su mar muerto. Allí yacen Eco, Ulises, Pan y Beatriz como ideas escapadas del Alma Infinita.

Es una pena maltratar tus creaciones con mitología, seguir extendiendo este plato de condimentos mundanos, estos gusanos que se comen la cuerva de tu sonrisa.

Y al final darme cuenta que no he hecho nada, ni siquiera descifrar tu cariño.

No vine a refugiarme en esto que llamo poesía para lograr tu perdón, los dioses no se inmutan con babas de santo atormentado.

Es simplemente la necesidad de escribir (aunque esa necesidad tiene nombre y apellido) tú más que nadie lo entiendes. No podemos vivir con eso dentro, porque de pronto nos parece que los objetos toman vida y empiezan una danza mortuoria que nos aniquila de un tiro en la frente. Por eso le damos rienda a lo que sentimos, y lo mandamos al mundo de los ojos, para que lo persigan cazadores literarios, esos bandidos que sin escribir son genios. Pero aquí decidimos vivir, esquivando a cada paso uno de ellos.

Así son mis líneas, sin sentimientos, sin metáforas, sin arte… seca, como tú, pero repletas de los flecos literarios (que tanto odias) con que adorno cada cosa.

El primer día de Reyes

Los niños esperaban con ojos saltones el regreso del padre. Había salido en la mañana a buscar a esos seres de los que tanto hablaba, quizás para entretener sus espíritus inocentes. Esa Navidad habían guardado, noche tras noche, un paquetito de hierbas, un cubo de agua y alimentos para los Reyes Magos que, según decían, venían del Oriente en camellos, por lo que al llegar a este lado del mundo, sus monturas estarían fatiga­das, y ellos con hambre y sed. Se entretenían repartiendo sus insignificantes regalos: La hierba para los camellos, el agua no sabían para quién, pues tal vez los Reyes Magos estarían tan cansados que caerían sobre ella antes de que los haraganes dromedarios pudieran extender sus largos pescuezos sobre el símbolo de la vida, y en cuanto al alimento ignoraban si los espíritus caritativos de los viajeros nocturnos se conformarían con las migajas apartadas con dolor de sus reducidos platos.

La mirada de los infantes se perdía, vez tras vez, en las curvas sucesivas del camino, por donde desapareció su padre, que como una mano de mendigo, larga y flaca, se extendía desde las lejanas montañas, pasando por el patio de su ca­sita, perdiéndose en el pico de una loma inmensa que dejaba deslizar su falda hasta donde nacía el arroyito cuyas aguas burbujeantes se mezclaban cada tarde con sus gritos infantiles en la poza construida por ellos con ramos de guayullos, o cuando se deslizaba por sus gargantas chillonas que absorbían el líquido como terreno recién quemado.

Ese día no habían pensado en la comida, único alimento seguro de la casa, pues el desayuno y la cena, cuando apare­cían, era más por un milagro de la madre, que por obra de Dios. Por ahora el deseo de ver a esos seres de otro plane­ta, como imaginaban esa parte del mundo explorada solo en cuentos, había extirpado sus apetitos vivarachos y voraces.

A las cuatro de la tarde, lo suponían por el sol que ya no llegaba a la casita, rechazado por las enormes montañas, apareció la figura del padre en el serpenteado camino, pero para su sorpresa venía solo, nadie acompañaba al hombre de campo, que esa mañana dejó el conuco para salir a buscar a quienes conocían sólo de nombre.

¿Por qué no venían? ¿Se habían negado a acompañarlo? ¿No los había encontrado, o desistieron de visitar a un lugar tan lejano?, interrogaban sus ojos ansiosos.

Las miradas seguían fijas en el punto negro que a cada paso cobraba tamañoy en el que ellos habían identificado a su padre, no por rasgos físicos, pues a aquella distancia era imposible, sino por los colores opacos de la ropa que, a pesar del trayecto, identificaban su propiedad como bandera izada.

Cada curva que se tragaba la figura idolatrada del pro­genitor era una tortura que aceleraba los latidos de la sangre infantil.

Aunque veían a su padre acercarse solo, sabían que, no obstante, los Reyes Magos podían venir con él, invisibles para no llamar la atención, o en forma de pequeños muñecos que volverían a la vida y a su tamaño normal cuando estuvieran en su presencia.

Cuando por fin apareció detrás de la loma que daba ac­ceso al rellano de la casita, la frente extendida hasta la parte trasera de la cabeza fue apareciendo, sudada y brillosa como los caballos que pasaban por el camino a todo galope, y que, según les contaban, venían de lugares muy lejanos como El Capaz, El Pino, o Los Veganos. Una bolsita negra colgaba de la mano del viejo, quizás con pan, arroz o quién sabe si con las pequeñas figuras de sus huéspedes.

El ansia invadió los corazones, deseosos de conseguir en Navidad algún juguete con qué entretener los días, exage­radamente largos, de aquel lugar donde la única distracción era el canto de las aves y el murmullo sin pausa del arroyuelo que se deslizaba cerca de la casa, y en algún momento cuando pasaba un caminante que pedía un poco de agua, por lo que lo disfrutaban ocultos detrás de la falda de su madre ,o de las rendijas del seto de tablas viejas desde donde guardaban el rostro desconocido del viajero en sus memorias en blanco.

El padre llegó, no saludó, como siempre, pues aunque era honesto y bondadoso, desconocía los buenos modales. Se sentó en una silla en el patio, se quitó la camisa, limpió el su­dor que corría por su barriga, bajando desde la frente lampiña y negra, con el pulgar de su mano derecha, como se limpia el cristal de un automóvil con la paleta de goma que recoge el agua sucia; metió la mano en la fundita, y antes de sacarla miró a los cuatro infantes que asistían al espectáculo con ojos de curiosidad. Lo primero que sacó, estaba dentro de una fun­da plástica, y tenía color verde como los sapos que nadaban en los pozos del arroyo. Pidió que le trajeran agua en un ja­rro, y después de haber sacado el extraño objeto del plástico, le quitó una perita mamey que tenía en el lado derecho, por donde comenzó a desaparecer el líquido del jarro, y después, apuntando a la cara del mayor de los hermanos, presionó un propulsor, también mamey, que se ocultó dentro de la barriga del misterioso objeto verde que escupió un chorro de saliva, y bañó la cara del azorado muchacho que no podía resistir la emoción de tocarlo. Después, lo extendió al aturdido ob­servador, y dijo “Eso te mandó tu amigo Baltasar, cuídalo”. Fuera de sí, salió corriendo disparando salivazos por la boca de aquel extraño animal que le había enviado uno de los reyes. Iba tan ebrio, que se olvidó cuál de los tres había sido. Así que por el momento ya no escribiría la carta de agradecimiento, la que echaría al arroyo con la esperanza de que sus aguas mansas sirvieran de correo a los seres mágicos que criaban animales acuáticos como éste.

Mientras tanto, los otros pequeños estaban atentos a la mano del padre, que había vuelto a desaparecer dentro de la oscura envoltura de donde salió otro animal idéntico al prime­ro, pero de color rojo claro. El padre repitió el proceso ante­rior, en esta ocasión dirigió el escupitajo del monstruo hacia el seto de la cocina de donde se deslizó una mancha oscura; después extendió el extraño animal al segundo de los infantes, quien se perdió a la carrera detrás del primero, que andaba lanzando chorros de agua como cartuchazos al aire a todo lo que se le cruzara en el camino.

La mano del padre volvió a desaparecer dentro del telón negro que, como pañuelo mágico, había disparado desde su barriga cuadrada los más extraños sueños. Una caja amarilla salió por la boca del escondite oscuro. “Miren esto”, susurró el padre, y como quien práctica un truco durante mucho tiem­po, fue quitando la tapa que le servía de puerta a la extraña caverna, de donde extrajo un objeto amarillo y azul con alas, que en lugar de patas como las mariposas y las esperanzas, tenía ruedas. Dio vueltas a una manecilla azul, como a un reloj de cuerdas, después lo puso en el suelo y dijo al tercero de sus hijos, al momento que el objeto empezaba a correr, dando vueltas a la hélice de la parte delantera, “Anda, ve por él. Es el avión que te mandó Gaspar”.

El menor de los niños no creía lo que había visto ese día, tantos milagros dentro de un paquete tan pequeño. “Qui­zás fuera mejor que no vinieran los Reyes Magos, porque con tantas emociones no le hubiéramos prestado atención”, pensó.

¿Qué se escondería dentro del vientre del oscuro reci­piente para él? La mano del padre buscaba algo que parecía no encontrar en su interior, o ¿era la falsa crueldad del viejo para impacientarlo? Al salir por la abertura negra otra caja, solo que un poco más grande, venía pegada de los callos de la mano rústica hecha para labrar la tierra. Realizó el mismo ce­remonial que la vez anterior para hacer aparecer un deforma­do animal con una cabeza enorme, y una cola larga y flaca con apariencia de pez, al que dos aletas azules colocadas sobre su lomo parecían proteger. Este extraño animal, que no pudo asociar con otra cosa que no fuera un pez, en vez de aletas, en su parte inferior tenía ruedas negras y blancas, una manecilla azul arriba de las ruedas, semejante al otro objeto que había calificado de avión, lo adornaba, a la que el padre comenzó a manipular, y cuando ya no giraba más lo puso en el suelo. Un sonido extraño salió de las aletas, que comenzaron a girar tan rápido que no parecían aletas, sino un paraguas redondo que circulaba en su lomo. Movido por el impulso de las hélices, el increíble aparato comenzó a alejarse por el patio de tierra, entre la casa y la cocina, y el muchacho, sin que se lo dijeran lanzó un grito de victoria, y se fue a perseguir el objeto aun­que con temor de tocarlo, pues pensaba que las aletas terribles de aquel pez encantado que podía correr fuera del agua, corta­rían sus manos tímidas.

 

Mientras la noche bajaba desde las montañas, uniendo el canto de los grillos a los gritos infantiles, los chicos seguían corriendo sin percatarse del concierto divino que seguramen­te disfrutaban desde algún lugar distante los ahora ignorados Reyes Magos.

¿Instrucciones para entenderme?

Es muy importante no tratar de entenderme. No lo hagas nunca. Te puedes ahorrar muchos males. Soy extraño, lo sabes. Te quejas a diario de lo mismo. “No me gusta tu silencio, habla de una vez, cuéntame lo que sientes” y esa retahíla de palabras que se te explota entre los ojos.
Quieres un mapa, líneas que te hablen de mí, comparaciones que aun desconozco. Es tan difícil entrar a la nada, abrirse pasos en mi oscuridad, tragarse un gusano…
No te he dicho nada nuevo, esto lo puedes repetir de memoria. Soy un cobarde, un mito, escapo de las explicaciones como de los compromisos, ambas cosas me parecen inalcanzables.
¿Qué buscas en este imposible? ¿por qué arañarte con tantas espinas? No hay nada detrás del silencio. Mis labios son mulas haraganas cargadas de barro. Imagino que no entiendes la metáfora, para eso tendrías que ser como yo, con la libertad del campo pateándote las venas.
¿Entiendes ahora por qué le corro a todo? ¿por qué el miedo a la opresión? ¿al matrimonio? ¿a cualquier tipo de esclavitud, antiguo o moderno?
He dado tantas vueltas para caer en lo mismo, para decirte las cosas que odias.
¿De qué hablas?
De mí, de esta tortura, del acoso que me monta tu indiferencia.
Calla y cuéntame de una vez lo que quiero.

No hay que agregar. La única manera de entenderme es evitándome. Corre de mí, es la mejor instrucción que existe y cuando estés a una distancia considerable te darás cuenta si fui luz o estorbo en tu vida.
Lo demás es silencio.