Archivos de la categoría Libros

La última crónica del infierno

Los puntos negros llenaron el rectángulo en blanco hasta completar la cifra descodificada. Emocionado, presionó la tecla enter, y apareció en pantalla el circulito azul, girando a la derecha, como señal de aprobación…
Cuando le hice el amor estaba muerta. No, no soy necrófilo, pero verá… es que no dijo una palabra, no soltó un suspiro de placer, una gota de sudor… nada…
Vuelves a casa de papá, ese desgraciado que te viola desde los seis años. No sabes por qué, pero algo te empuja a abrirle las piernas. Con él te pasa lo que con ningún hombre, mientras te penetra eres libre…
Que no se crea esto no importa. No lo escribí para que se crea, sino por temor a olvidar una sola palabra…

Domadora de autos

Si no hablo se pierde este cuento- Y sería lamentable- Sé que muchos no lo creerán por mi intervención_ lo que pasa es que nadie más vio su desenlace- Ni siquiera sé porqué decidí romper mi silencio- ¿Por qué hablarle a ….. cuando no lo había hecho a nadie más? Quizás por su mente sin fronteras-….. no me autorizó a teorizar- Odia los principios largos_ pero debo ser justa_ sobre todo si mi juicio significará un antes y un después- Por eso_ cuando lo vi trabajar tanto en una historia que me pareció genial_ le pedí que me dejara ayudarle en la última parte- No soy narradora como

 

Nanos archivos del juego

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Muerte, dijo el Programa Creador. La sentencia llegó a través del altavoz. Al anuncio lo siguió la alarma. Debíamos dejar el planeta. Era la 5ta fase de 099.
El eje principal estaba desgastado y según el informe a la Fosforescencia Mayor le quedaban pocas horas de vida. 099 llevaba tres estaciones de órbita. Probablemente era el último vertedero al que el Programa Creador nos conducía. Todo el sistema estaba corrompido. Los pocos circuitos que quedaban para transitar se interrumpían en el lugar menos esperado. ¿Cuántos mundos existían dentro del juego? Nadie podía saberlo. ¿Era el final? 

Cuando mueran los hombres

Esto de jugar a ser dios es el diablo. Nada sale como se piensa. Al principio era fácil, pero después que los interserts, ultraserts y protoserts se comieron los mitos, todo es diferente. Ahora nosotros, La Raza, continuamos su ascensión. Los humanos nunca pensaron que evolucionaríamos tanto. Fue la llegada del ciberespacio lo que les abrió los ojos. Poco después de que la telaraña virtual cubriera el planeta, los interserts se hastiaron de vivir en la Tierra y comenzaron a explorar otros mundos. Luego, los ultraserts mejoraron las aldeas galácticas y, finalmente, los protoserts conquistaron el espacio, asentaron las civilizaciones fantasmas, y abrieron el camino a las especies.
Al principio fue un juego. Los viajes intergalácticos comenzaron en Apps tridimensionales. Se gastaron años de perfeccionamiento y fortunas incontables compitiendo entre ustedes para recrear lo mejor que podían la realidad espacial. El cine y la literatura de ciencia ficción hicieron su parte. Muchas películas y libros escenificaban viajes espaciales, guerras entre mundos, conocer seres distintos

Jaque a la dama

Este sitio de mierda ya no es el mismo», dijo, escupiendo las palabras como un pesado buche de saliva, cuando vio el barrio donde se había criado, después de haber estado sepultado cinco años en prisión.
Con la mano derecha en el bolsillo y la izquierda sobre el mentón, lo vimos dar media vuelta y pasear una última mi-rada, lenta y amarga, como si la disparara desde la hiel, por las casitas solitarias donde el cartón había perdido el color como cabellos de ancianos o como si en ella guardara todo el rencor acumulado durante cinco largos años de silencio.

El hombre de los 100 corazone

Un corazón compartido no es de nadie. Y mucho menos fraccionado en cien. Ya que uno entre cien es cero punto cero uno, una cantidad ínfima para algo significativo. Aunque en honor a la verdad no estoy seguro de este enunciado, pero me importa un carajo, igual que las matemáticas. Tal vez lo hago por distracción, pues no siempre las distracciones son malas. Si con ellas no se abusa de la paciencia. Bueno, como sea, lo que trato de decir es que desde aquel instante odio las mujeres. Que siento por ellas repulsión. Un aborrecimiento producto del exceso, más que de la naturaleza. Sí, pues no puedo explicar cómo llegue a odiarse lo que por tantos años ha sido el motivo de la vida. Pero antes de que se vayan por la tangente entiendan que esta fobia no incumbe a mi madre ni a las amigas, me refiero a la mujer como símbolo sexual, y mucho menos es que me haya vuelto maricón. No señor, para nada, primero habría que matarme antes de tocar con lascivia la carne de un hombre. Pero ya no es lo mismo.

La Mejiquita

No sé cuánto nos tomó acabar La Mejiquita. Al principio saboreábamos cada palabra, pero después de varios miércoles, la historia pasó a un segundo plano. Intenté con Yuri una relación que de antemano sabía fracasada. Por eso al finalizar el libro se acabó todo. Era lógico que al llegar ahí, todos mis personajes desaparecieran, para no condenarlos a algo peor (excepto Vander que, aunque a la distancia, aparece de vez en cuando).
Imagino que Alessa volvió a México, y Yuri a pintar las tardes con sus ojos marrones. Fue difícil dejarlos a todos. Lo pensé por horas. Soy de esas personas que cuando halamos un hilo del pensamiento, no lo cortamos por nada, de lo contrario se nos hace imposible volver a unirlo. Pero estaba resuelto. Inventé mil excusas, como si las necesitaran. Traté de explicarles mi ausencia, y que la idea de perderlos me hacía temblar. De nuevo la vida había borrado los sueños que yo quería vivir. Así que corriéndole a otro fracaso, desistí, y de nuevo caí en la rutina de salir del trabajo y sumergirme en mis libros.

El final de un libro es una puerta siempre abierta al paraíso, pero hay que llegar hasta allí para descubrirla. Con este pensamiento duré meses “tirando páginas pa ́ la izquierda, hasta que resignado al fracaso, lo condené a la eternidad de mi nuevo cielo.

El crimen : Un pacto de sangre

Hay errores en la vida que no se pagan ni con la muerte, y el mío es uno de ellos. Ignoro porqué la maté, creo que ella tampoco lo supo, nunca he sido un tipo agresivo, ni siquiera en el momento del crimen. Me comporté frío, sin nervios, indiferente, como si no hubiera sido yo o como si no estuviera allí. Sé que del todo no fui yo, pues con mi calma y capacidad de razonar no tendría el valor de enfrentarme a la culpa venidera.

La hija del comandante

En el mes de agosto del año 2000 estuve haciendo un reportaje para la Marina de Guerra Dominicana, y un día, por una de esas casualidades que tiene la vida, me encontraba en el Club de Alistados, y no sé, cómo fue a sentarse en mi mesa un anciano que trabajaba allí como cocinero. No recuerdo, cómo comenzamos a hablar, ni de qué. Tampoco sabía la causa de que se fijara tanto en mi rostro, mientras hablábamos. Después me contó, con melancolía, que mi sonrisa constante, le había recordado un suceso acontecido en aquel lugar hacía muchos años. Lo más extraño fue su despedida. “Si viene mañana a este mismo lugar y a esta hora, le contaré una historia, que puede cambiar su carrera como periodista”. Al otro día estuve allí antes de la hora acordada. No sé qué me impulsó. Creo que todo el mundo sabe, que si hay algo que llama la atención de un periodista, es lo desconocido y misterioso. A la hora exacta se presentó. Su saludo fue:” Lo que me motivó a contarle esto es el brillo de su sonrisa, así que nunca deje de sonreír. Por eso pensé que usted debe saber que en este lugar, la Base Naval, hace muchos años había un ser humano que jamás sonrió”. Y comenzó a contarme una historia, tan extraña como fascinante. Me dijo que debía conocer a quien tenía los detalles de la misma. Y que si me interesaba investigarla a fondo me pondría en contacto con el tío del personaje de quien me había contado y a quien él conocía. Me advirtió que si un día publicaba esto, su nombre debía quedar en el anonimato, ya que la institución nunca se había atrevido a publicarla, y la declaró confidencial, sin dar una razón para ello. “Pero dejemos que sea el pueblo quien juzgue, si tenía o no razón”, agregó. Una semana después, estaba reunido con el misterioso guardián del secreto, Maximiliano García, quien accedió a que publicara su nombre. “Nada, ni siquiera la tumba asusta a un anciano cuando se ha cansado de la vida”, contestó. “Pero primero dígame, ¿qué piensa hacer con la memoria de mi sobrino y el apellido de mi familia?” Le dije que en honor a su sobrino me gustaría que el mundo conociera su historia. Pareció dudar de mis palabras, y después continuó, “No estoy seguro de que esa haya sido la voluntad de Antonito, así le decíamos; ya verá, cuando conozca la historia, porqué le digo esto”. Sacó de un bolsillo del saco una copia del manuscrito que custodiaba, y antes de ponerla en mis manos, suspendiéndola en el aire con el codo sobre la mesa, agregó, “solo puede publicar esto o una parte de ello, si no le cambia, ni una sola palabra a lo contado aquí”. Le prometí que así lo haría, y con la firmeza de una montaña, dejó caer el escrito en mi mano temblorosa. Años después, cuando me decidí a publicarlo, telefoneé a Maximiliano para invitarlo a la presentación. Me contó, con voz débil, que ya no podía levantarse de la cama, pero que esta noticia era la mano misericordiosa que le cerraba los ojos para la muerte.

Valle Encantado: La Ciudad Perdida

Anoche ya sabiamos donde estaba la cuidad. Estabamos gozosos. Dispusimos el campamento lo mejor posible. Comimos como no lo habiamos hecho desde que salimos. Preparamos las armas. Al otro dia la tomariamos por sorpresa al amanecer, cuando nadie nos esperara. Encontrariamos a la mayoria de estos seres inofensivos, durmiendo. La orden para el asalto eran tres tiros seguidos de una frase que todos conocian. Levantamos el campamento a las 3:00 de la madrugada. A las 4:00 ya estabamos listos para el ataque. Se escuchaban los gallos cantar. Las vacas y otros animales balar, pero no se oian voces. Como lo imaginamos, todos dormian. Era el momento oportuno.